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viernes, 27 de noviembre de 2015

No le gustaba el Otoño



Después del verano y hasta llegar al intenso frío del invierno
transcurrían unos días que no le gustaban, a pesar de que muchas veces, en muchos casos, eran días luminosos y templados, con esos rayos de sol cuya excesiva inclinación hacia que molestaran intensamente a la vista a cualquier hora, eran horizontales. ¡Esa era la diferencia! En verano solo sucedía en las horas de amanecer o atardecer.

Le daba mucha pereza, pero lo hacía. Como otras tantas cosas rutinarias que llegaban a aburrirle de tal manera. Sacaba la ropa de invierno de donde hacía tn solo unas pocas semanas las había guardado después de sacar la ropa ligera de verano que a su vez había guardado tan solo unos meses antes, después de sacar... -¡rutina! ¡puta rutina!- se decía siempre en este tipo de circunstancias. Pero la vida le había enseñado que había que ser disciplinado y responsable, en primer lugar porque por muy rutinarias que fueran había que hacerlas y en segundo lugar porque no siempre se puede hacer lo que apetece. La vida es así, o se hace lo que se debe o al final de alguna manera te pasa factura. Su alma de ácrata siempre tiraba al monte del desorden, pero no podía ser.

Sabía perfectamente que era una maravilla pasear por el campo en esa época. Por ejemplo por la sierra madrileña de Guadarrama. Justamente en esos días la luz solar reflejaba especialmente esos colores calientes a la vez que tristes del otoño. Verde, ocre y amarillo intenso dominaban todo. Las sensaciones eran placenteras, más que en verano, similares a la de la primavera pero con un ligero toque de tristeza, ¿o quizás fuera melancolía? Si su espíritu atravesaba una zona de serenidad era capaz de llegar a esos momentos de felicidad que tanto le gustaban. Intentaba hacerlo, un paseo, por lo menos uno.

En esos días también se podían disfrutar en su ciudad, Madrid, esos atardeceres tan valorados por toda la gente que tiene la capacidad de retirar su mirada de los objetivos cercanos y elevarla a lo alto, esos que de vez en cuando descubren bonitos edificios, cielos azules degradados y animosos o justo eso, atardeceres apabullantes con azules suaves enmarañados al azar con violetas rosados todo mezclado con esos grises luminosos que les dan el toque de realidad necesario. Duran muy poco y hay que disfrutarlos en esas amplias avenidas o plazas, mirando siempre hacia el suroeste. Últimamente había perdido algo de esa capacidad y justamente ahora se estaba dando cuenta, -aún hay tiempo amigo-, se dijo.

Pero claro, ese tiempo, buen tiempo, acumulado en una ciudad como Madrid tenía también unas malas consecuencias, la contaminación. Esa boina gris que cubría el cielo y que producía en las personas efectos nocivos tanto a nivel psíquico como físico, alergias, catarros y problemas respiratorios en general. Por eso, cuando de repente después de un periodo de estos, llegaba un día gris de lluvia que limpiaba la atmosfera, cosa que realmente sucedía con bastante poca frecuencia, el ánimo tendía a serenarse de nuevo y la sensación física podía llegar a ser realmente placentera. La atmosfera se humedecía y se calmaba con ese toque de frescor característico, el sonido de la ciudad se mitigaba y la gente circulaba por las calles de una forma mucho más calma.

Lo peor, lo que no le gustaba nada, lo que hacía que nunca deseara la llegada de esta estación y que siempre estuviera pensando en cuando iba a terminar, era la hora tan temprana del anochecer, las pocas horas de luz solar que podía disfrutar. Solo por eso no le gustaba el otoño, porque justo eso podía con todo lo demás.

Era muy raro, qué cosas tenía.   


Nota: Muchas gracias a Ire por la foto, sobre todo porque no la he pedido permiso para ponerla, creo que no es necesario.

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ácrata.

1. adj. Partidario de la supresión de toda autoridad. U. t. c. s.




jueves, 3 de marzo de 2011

El niño y el amor


El niño acababa de terminar de comer y se preparaba para ir al colegio, él sólo, por primera vez iba a ir sólo, tenía 10 años. Su mamá le había dado un billete de Metro y su papá sesenta céntimos para que se comprara un regaliz antes de entrar al cole.

El niño estaba muy orgulloso y contento, era casi como si fuera un día de fiesta, sus papás habían depositado su confianza en él y por tanto se sentía responsable. Abrió la puerta de su casa y bajó por las escaleras de madera hasta llegar al portal, no lo hizo a saltos como habitualmente, sino despacio y escalón a escalón, había que prevenir cualquier accidente. Traspasó el amplio portal saliendo a la calle y se dirigió con la cartera de cuero en la mano hacía el Metro cuya boca estaba en la plaza, a unos doscientos metros de su casa. Tenía que cruzar una calle pero no circulaban muchos automóviles por entonces.

Una vez en la boca del Metro descendió hasta el vestíbulo donde estaban las taquillas y presentó  a la empleada el billete para que se lo picara. Bajó las escaleras hasta el andén y al cabo de poco tiempo apareció un convoy con tres vagones. Las puertas se abrieron y el niño con mucho cuidado saltó dentro, había bastante espacio entre el vagón y la plataforma del andén ya que la estación estaba en curva. 

El vagón no estaba muy lleno ya que a las tres de la tarde en aquellos tiempos había muy poco movimiento. Se colocó la cartera entre las piernas y se agarró fuerte a la barra vertical para no caerse. Sabía que tenía que apearse en la segunda estación, Callao. Estaba realmente emocionado al ver de lo que era capaz y le pesaba la responsabilidad de hacerlo todo bien para que no hubiera problemas y al día siguiente le volvieran a dejar ir sólo.

El tren por fin llegó a Callao y el niño, después de esperar a que las puertas se abrieran, se apeó, subió las escaleras y llegó a la calle, era la Gran Vía. Nada más salir, a la derecha, pegado a la pared, recién sobrepasada la entrada al cine Avenida, estaba, como todos los días, el señor que hacía bailar a un muñequito de papel con piernas y brazos de goma al ritmo de lo que cantaba. Era milagroso, ¿cómo podía un muñequito bailar sólo?  Pero el caso es que el señor los vendía envueltos en una bolsa de papel y a un precio de dos cincuenta, todo un capital que el niño no tenía y que tampoco se había atrevido a pedir nunca a su papá. Pasó de largo, no podía pararse a mirar y que le sucediera algo o que no llegara a tiempo al cole. En las enormes carteleras del cine Palacio de la Música se veía la cara y un plano largo de Charlton Heston vestido del Cid Campeador y blandiendo una enorme espada. En otra cartelera más pequeña se veía a Sofía Loren completamente vestida de negro, vestida de doña Jimena. Tampoco se paró, estaba harto de verlas.

Llegó al paso de peatones que había justo enfrente del cine Imperial y esperó hasta que el semáforo se pusiera verde. Atravesó la calzada con mucho cuidado y siguió por la cera de enfrente hasta llegar a la esquina de Gran Vía con la calle del Barco, donde estaban los almacenes Sepu, allí giró a la izquierda. Ya quedaba poco para llegar, todo estaba transcurriendo bien, lo que le tranquilizaba.

El paso por la calle del Barco hasta llegar al colegio transcurrió tranquilamente, era una zona tranquila, una calle de barrio. Eso si, el niño paró unos instantes en el puesto de chuches para comprarse el regaliz y disfrutarlo mientras entraba en clase, pensando en lo bien que había hecho todo y lo bien que le había salido.

Desde la esquina de la calle Puebla un hombre observaba cómo su hijo compraba el regaliz, lo mismo que había observado todo el viaje del niño con mucho cuidado de no ser visto. Ahora ya podía ir tranquilo al trabajo.

Al día siguiente todo sería igual, excepto que el padre no seguiría a su hijo.

Ese mismo hombre, hoy, muchos años después, no es capaz de reconocer a su hijo que ya no es un niño. Una enfermedad despiadada se lo impide.