Erase una vez un ancho y verde
valle encajado entre altas montañas por el que transcurría un río de aguas
transparentes, lleno de truchas y de cangrejos y bordeado por verdes praderas
adornadas con flores rojas, blancas y amarillas.
En el fondo del valle,
abrazado por un bosque de abetos, había un rancho por el que pasaba el río y en
el que había una bonita casa rodeada por una cuidada y protectora cerca de
madera y cuyas ventanas, todas, estaban adornadas con visillos blancos y rojos,
y con una chimenea que siempre expulsaba un humo ligero y blanco. La casita estaba construida con troncos de madera, lo
mismo que el establo anexo donde dormía la vaquita más feliz de este cuento y
que se llamaba Fernanda.
El dueño del rancho, de la
casa y también de la vaquita se llamaba
Fernando y era un joven pelirrojo y alegre que vivía de la miel de las diez
colmenas, repletitas de abejas, que había en el rancho y que cuidaba con todo
su cariño.
A Fernando le gustaba mucho
pasear por el bosque. Coleccionaba hojas, que metía entre las páginas de los
libros, y cogía frutas silvestres y setas. Mientras tanto, Fernanda mugía toda
contenta por el prado esperando la vuelta de su dueño.
En el bosque también vivía un
oso de color pardo muy grande, fuerte y bonachón que se llamaba Fernandoso y al
que no le importaba compartir las bayas y frutos silvestres con Fernando.
Fernandoso disfrutaba
escondido observando a Fernando en sus recorridos por el bosque. No sé atrevía
a dejarse ver, era prudente y algo tímido. Temía a los seres humanos, su
instinto se lo marcaba, pero no era solamente eso, pensaba que si aparecía
podía asustar a ese humano joven de pelo rojizo que con tanto respeto paseaba
entre los abetos y los arbustos.
A veces se acercaba a los
límites del bosque, sin llegar nunca a
penetrar en el valle, siguiendo su curiosidad y chapoteando por el río
para no dejar huellas, y observaba la casa y cómo la vaquita Fernanda no paraba
de comer, sin levantar sus morros del suelo durante momentos muy largos.
Este hermoso valle tenía
muchas decenas de kilómetros de largo y
acababa en una amarilla meseta que acompañaba al río antes de llegar al
mar. Allí vivían manadas de animales de muchos tipos: conejos, corderos,
cebras, caballos, gacelas, camellos, lobos, leones y tigres entre otros muchos.
La vida en la meseta a veces
era cruel pues no todos los animales comen hierba, hojas o bayas para
sobrevivir. Hay animales, que se llaman carnívoros, que necesitan alimentarse
con la carne de otros animales a los que tienen que cazar. Un ejemplo son los
tigres.
En la meseta vivía una manada
de tigres que cazaban cebras, gacelas y corderos. Solo para alimentarse, era
una ley que cumplían todos los miembros de la manada. Cuando tenían hambre se
juntaban las cazadoras y los cazadores y salían en busca de una pieza para
alimentar a la manada.
Todos salvo el sanguinario
Kruon, que estrangulaba tantas gacelas como podía solo por mero
entretenimiento. Kruon era un tigre joven que fue regañado y castigado
múltiples veces por Taor, el jefe de la manada, antes de ser expulsado por cruel
y reincidente. Taor se lo dejó muy claro.
- “No vuelvas Kruon, ni te acerques a menos de
un kilómetro de cualquier miembro de la manada, porque si lo incumples iré a
buscarte con todos los cazadores y cazadoras y acabaremos contigo sin piedad.”
La respuesta de Kruon fue
abrir las fauces enseñando sus grandes colmillos y rugir desafiante a Taor,
pero no se atrevió a más, se dio la vuelta, bajó la cabeza y se alejó, despacio
pero sin parar. Anduvo muchos kilómetros, se hizo de noche y llegó a un ancho
río en el que bebió y se bañó para aplacar su rabia.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
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