jueves, 1 de octubre de 2020
viernes, 29 de mayo de 2020
Oscuridad
Soy torpe, voy a
levantarme, me cuesta, estoy entumecido, y me siento inseguro, despacio,
primero giraré y me pondré de rodillas, he tenido que apoyar las manos y es
asqueroso, a continuación apoyaré el pié derecho en el suelo, no quiero volver
a tocar nada con las manos, al menos con las palmas, hay mucha suciedad, me da
asco, antes no me lo daba, ya está. Ahora voy a estirar la pierna derecha, ya,
estoy de pie, pero no erguido, tengo el torso inclinado hacia adelante, no me
atrevo ¿Habrá altura suficiente? No huele bien, quizá a humedad, es posible,
estoy sudando, iré despacio, muy despacio, ¡levanta el tronco! tienes que
hacerlo, tienes que hacer algo, tienes que conocer este lugar, aunque no sepas
dónde estás, para vivir tienes que arriesgar, ya está, ¡Qué alegría, estoy de
pié, completamente erguido y mi cabeza no ha chocado contra nada! Me siento
mejor. No. Esto no es nada. Sigo sintiendo miedo. Voy a levantar el brazo,
cerraré el puño para no palpar nada, seguro que lo que toque estará sucio y
húmedo, ¿Habrá algún bicho? Cucarachas caminando por el techo, sin caerse, yo
no podría si hubiera techo, si al menos tuviera unos guantes… No, no toco nada,
el techo es más alto, si es que lo hay. Qué bien, hay que arriesgarse, no me
cabe la menor duda, me siento mejor, no me duele nada. Ahora voy a dar un paso,
adelantaré la pierna derecha, claro que ¿para qué arriesgar?, voy mejor a
arrastrar el pie hacia adelante ¿o mejor el izquierdo? Sí, mejor, si pasa algo
que le pase al izquierdo, el derecho es el bueno, no puedo perderlo. Ya está,
el talón del pie izquierdo toca la puntera de mi zapato derecho, porque llevo
zapatos. Ahora voy a juntar los dos, uno al lado del otro. Y no me ha pasado
nada. Voy a seguir. Ahora tengo más miedo, lo que sea está más cerca. Oigo algo,
no, no distingo qué es. ¡Otra vez! ¿Una gota chocando contra el suelo? Quizás,
pero muy lejano. Voy a arrastrar de nuevo el pie.
Bueno, ya llevo diez
pasos, como mi pie mide cuarenta centímetros, ¡llevo 4 metros! Esto es muy
grande, viviré a gusto aquí, tengo espacio suficiente, podré mantenerme en
forma dando paseos varias veces al día. ¿Y cómo voy a saber cuándo es otro día?
¿Cómo voy a saber que es de día? A ver, los problemas de uno en uno. Ahora voy
a volver. Tengo que girarme, pero exactamente ciento ochenta grados, he de ser
preciso. Pie derecho en ángulo recto con pie izquierdo, ahora pongo el
izquierdo junto al derecho. Repito la operación, una vez. Ya está. Otros diez
pasos, ya estoy de nuevo donde comencé. Bien, ¿estoy cansado? no mucho, pero me
vendría bien descansar un rato, he pasado momentos de gran tensión. Pero si me
muevo para sentarme perderé la referencia de hacia donde he caminado. Voy a
pensar un rato como solucionar este problema. Ya está, me arrodillo, echo el
culo hacia atrás y me siento. Ahora me podré tumbar. De hecho voy a hacerlo. Qué
asco. Ya. Mañana exploraré más. ¿Y si tengo hambre? Mañana me preocuparé. Voy a
intentar dormir. Es repugnante, esto está sucio y húmedo. ¡Me hundo!
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
2019.12
jueves, 2 de abril de 2020
Rick veinte-cincuenta (un futuro cercano)
Rick miró hacia arriba y a continuación a ambos
lados, pista libre, aceleró violentamente el transporter, ya estaba en el nivel
superior que esperaba que le llevaría directamente al cubo donde ejercía Paul
como set advisor. El viento le acariciaba la cara y se sentía bien, lo
necesitaba. De repente con la misma violencia frenó en seco y se precipitó
hacia el suelo. Ya estaba frente al cubo de Paul, el descenso había sido
progresivamente suave.
No sin dificultad se introdujo en el tubo
distribuidor y en pocos segundos estaba en la antesala, frente al espejo. Puso
su mejor y más natural sonrisa mientras al ver su imagen tomaba conciencia de
nuevo de que no podía seguir así, tenía que hacer algo más de ejercicio, no
había excusas.
- Hola Rick, ¿Que te trae por aquí?
- Buenos días Paul, hace mucho tiempo...
- Pues sí las vacaciones no estuvieron mal ¿verdad?
- Sí, quizás el año que viene podríamos volver a hacer algo.
- Me temo que no va a poder ser. El año próximo tengo mucho trabajo. Bueno, imagino que has venido por algo importante.
- Sí Paul, no ha sido fácil la decisión, necesito cambiar de set. No soporto a Josué, mira que lo he intentado pero ya no puedo más.
- Sabes que va a ser díficil y además bastante caro...
- Por eso vengo a verte.
- ¿En que vas a basar tu petición?
- ¿Acoso? ¿Qué te parece?
- A ver, cuéntame.
Rick estaba muy contento cuando llegó al home,
había conocido a Rita en el Atlántico occidental recolectando sardinas, durante
el mes que duró se llevaron bien, había complicidad, tenían algunas aficiones y
gustos comunes y pocos incompatibles, ambos eran hetero sexuales y concebían el sexo
como algo gozoso por encima de todo, por lo tanto ninguno era excesivamente
exigente en ese aspecto. Entonces él vivía en una cabaña en el campo trabajando
como guarda forestal salvo en los periodos de labor estatal, como todo el
mundo, y por lo tanto su cuota contaminativa era muy baja. Rita vivía en un set
de una ciudad desde hacía dos años. El set estaba compuesto por dos hombres y
tres mujeres. Los dos hombres y una de las mujeres eran bisexuales. Aún no
había ningún nato. Rick fue aceptado rápidamente en el set por su baja cuota
contaminativa acumulada. Todo había ido bien durante los dos primeros años, la
convivencia fue buena, el home era muy cómodo y dado que al poco de llegar
habían tenido un nato, podían estar tranquilos porque tenían un colchón de seis
años para el siguiente, el sexo reproductivo no tenía que considerarse una
obligación por el momento, podían disfrutar.
Pero unos meses después de la llegada del nato
abandonaron el set los otros dos varones y como consecuencia de ello tuvieron
que buscar un hombre nuevo. Estuvieron durante un mes entrevistando
a candidatos y finalmente eligieron a Josué que provenía de una región fría de
Centroeuropa, también con una baja cuota contaminativa. Al principio todo fue
bien pero después de un tiempo el nuevo comenzó a ponerse nervioso con los
asuntos reproductivos y los plazos. Ahora estaban en el punto en que tenían
unos calendarios reproductivos exahustivos controlados férreamente por Josué,creando muy mal ambiente en el home. El sexo fecundativo era el centro de cualquier
actividad de la casa, todo tenía que estar supeditado a esas sesiones sin
descanso ni disculpa y Josué era el severo guardián de ello.
Las chicas tampoco lo llevaban bien pero a Rick
esta situación había llegado a obsesionarle hasta tal punto que únicamente
soñaba con el mes de labores estatales para poder huir del home y de Josué, con
el que ya había tenido algunos altercados muy violentos aunque nunca llegando a
lo físico.
- ¿Las chicas estarían dispuestas a declarar ante el juez corroborando lo que dices?
- Yo creo que sí.
- Porque si es así quizás lo mejor es que pidierais la expulsión de Josué del set, aduciendo y demostrando que realmente os está acosando. Y eso no os costaría nada a ninguno.
- Ah, estoy tan agobiado...
- Yo creo que lo mejor es que hables con ellas y me cuentes. ¿Cuando tienes tu próxima labor estatal?
- Este semestre ya la he tenido, en Septiembre marcho a China a recolectar algodón.
- Pues convendría moverlo rápido.
Mientras Rick esperaba el transporter que acababa
de solicitar pensaba en la forma de abordar el asunto con Rita, si conseguía
convencerla la cosa sería mucho más fácil con las otras dos. En las violentas
disputas con Josué siempre le habían frenado, lo que era un motivo de
agradecimiento hacia ellas, pero estaba seguro de que su nivel de hartura era
muy similar al suyo.
Pronto llegó el transporter, que asió con la mano
derecha elevándose automáticamente a toda velocidad hasta alcanzar el nivel que
le conduciría al home.
Por primera vez en muchos meses Rick no sentía
rechazo a volver a su casa.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2020
2020.01
lunes, 30 de marzo de 2020
Así mismo soledad.
- Pásamela, venga pasa, ¡que no es solo tuya!
El chaval que corría por la orilla pegó un puntapié a la
pelota hinchable para pasársela a su amigo. Pero fue Julián el que recibió el
liviano peso sobre su cara.
- Perdone señor -gritó el segundo chico mientras recogía
la pelota y salía corriendo-.
Julián aún no era consciente de dónde estaba ni qué había
pasado. La sombra agresiva del sol del caribe, aún filtrado por la sombrilla,
hacía que sus ojos no pudieran abrirse del todo y un reguero de saliva iba de
la comisura de sus labios hacia su cuello. Separó su lengua del paladar
repetidamente mientras levantaba el tronco apoyándose en los codos.
Al cabo de unos instantes se dio cuenta de que se había
quedado dormido. Comenzó a desperezarse estirando brazos y piernas. Era su
tercer día de vacaciones y los dos mojitos y los nachos con guacamole del
aperitivo habían hecho bien su trabajo. Miró el reloj, eran las cinco y
cuarenta y dos, y decidió que aún permanecería en la playa un rato, pero sería
bueno que fuera pensando en qué hacer luego. Las tardes eran muy largas y las
noches aún más.
Sus pensamientos le llevaron muy lejos, pero los rechazó,
unas vacaciones eran para divertirse y ahora podía hacer lo que quisiera.
Recordó la primera noche cuando cenó con una single como él. En recepción
hicieron el arreglo. Se encontraron en el restaurante japonés. Morena, pelo
corto, guapa, entre 40 y 50, como él. Al principio la situación fue un poco
embarazosa. Ella llegó cuando él estaba ya con el segundo margarita. Se levantó
y mientras miraba sus oscuros ojos verdes intentó plantificarla dos besos
carrillo contra carrillo, pero ella hizo un escorzo apartandose.
- Perdoná en mi país solo es uno. No estoy habituada. -Se
excusó ella con una sonrisa apagada.-
Tras las presentaciones, se sentaron uno frente al otro y
después de un brindis inicial y mientras inspeccionaban la carta para pedir la
comanda, comenzaron a hablar sobre Buenos Aires, de donde era Adriana. Julián
disimulaba porque su mirada tendía a ir directa y continuamente a los pechos
que ella mostraba ampliamente. Notó que se dio cuenta y ya no supo dónde mirar,
pero pronto llegó el primer plato y pudo centrarse en la comida.
Después de la cena, en la playa, y con tres daiquiris
encima, ella comenzó a contarle porqué estaba sola allí y entonces Julián deseó
fervientemente que todo acabara pronto para irse a dormir. A las dos y media, en la puerta de la habitación, Adriana
se empeñó en que pasara a tomar la última aduciendo que algo habría en el
minibar.
Julián amaneció en el sofá de la habitación, solo
recordaba el inicio de la repetición tercera del drama de Adriana: su mejor
amiga Virginia y su esposo Lautaro. ¡Qué cabrón! Pensó. Se asomó al dormitorio
y al verla durmiendo vestida sobre la cama, se fue rápida y sigilosamente a
desayunar.
Nunca más, pensó mientras se dirigía a su habitación. Al
día siguiente cenaría en el buffet, se pondría ciego a guacamole, y luego... ¿Y
luego qué? Bueno, pues ya lo pensaría. Volvió de sus recuerdos y vio que ya
quedaba poca gente en la playa. Decidió que iría a Puerto del Carmen, a seguir
haciendo lo que le apeteciera.
Si estuviera en su casa de Oliva se acercaría a Gandía a
cenar y luego daría un paseo por la playa hasta que... bueno eso ya había
pasado, además ya no estaba claro que su casa de Oliva fuera suya. Se
levantó, cogió su bolsa y se fue hacia la habitación.
Ya duchado y vestido de calle se fue a recepción y pidió
un taxi. Una vez en la ciudad, Julián se recorrió la calle de arriba a
abajo y luego de abajo a arriba. Así tres veces. Y ya cuando notó sus pies
soliviantados, decidió ir a seguir divirtiéndose al resort. Al llegar vio a
Adriana en el bar tropical con un tipo pelirrojo con cara de pánico.
Al abrir la puerta de su habitación vio la enorme y
solitaria cama, se acercó a la maleta abierta, cogió la novela que estaba
leyendo y se tumbó. Antes de abrir el libro miro al techo y suspiró: para él
era aún demasiado pronto para explotar su libertad, tenía que dar tiempo al
tiempo. Aunque intentaba leer, sus pensamientos se iban al Mediterráneo. Aún le
quedaban cuatro días de vacaciones, tenía que mantener la calma.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2020
2020.02
sábado, 28 de marzo de 2020
¡Mágico!
Era una
casa no muy grande ni demasiado antigua, al menos de aspecto, el tejado era
negro, de pizarra, y caía a dos aguas, ambas en nuestro jardín, el revestimiento exterior era tirolés blanco. La construyó un tío de mi abuelo
allá por 1920, cuando todo esto era campo, y había sufrido un montón de
reformas desde entonces.
¡Cómo
me gustaban las fresas! Mi mamá las preparaba muy bien, cortadas en cuatro
trozos, un poquito de azúcar y muy fresquitas. Me las ponía por las mañanas,
para desayunar, antes de ir al colegio, mientras mi papá comentaba con ella las
cosas que les ocuparía el día. Sí, desayunábamos juntos en esa gran cocina que
comunicaba directamente con el jardín trasero en el que mi madre cuidaba un
pequeño huerto. Ambos trabajaban mucho, mi padre vendía ordenadores muy grandes
y muy potentes y mi madre estaba multiempleada aunque algunas de sus ocupaciones no
reportaban nada a la economía familiar, al menos directamente. Era muy conocida
en el barrio, promovía iniciativas ciudadanas, gestionaba ayudas a los
necesitados, daba conferencias sobre los aspectos asociativos vecinales,
escribía artículos para el boletín de Ciudad Lineal y colaboraciones
esporádicas para el Diario de la Tarde de Madrid, la mayoría sobre aspectos de
la vida social en nuestro barrio, por esto último le pagaban algún dinero. Y
ahí no acababa la cosa, no paraba, siempre estaba muy ocupada. Pero su
actividad principal, la que más le gustaba, era escribir. A los cincuenta y
pocos publicó una novela que tuvo relativo éxito y tres años más tarde otra con
la que finalizó su carrera literaria pública.
Después
de desayunar, mi papá y yo salíamos hacia el colegio mientras mi madre subía
las escaleras y se ponía a escribir. Noe seguro que seguiría con sus recuerdos,
era la segunda cosa que más le gustaba. Bibi nos recogía todos los días a las
tres y me llevaba a casa, yo normalmente era la tercera, por lo que no llegaba
hasta por lo menos las tres y media. Nada más pasar la gran puerta metálica que
daba a la calle había un pasillo muy ancho y bastante largo en el que mi padre
dejaba el coche y al que daba la ventana de mi cuarto, que estaba en la planta
baja. Un poco más adelante se abría el jardín a la vez que se estrechaba la
casa hacia la izquierda. En esa parte, que era como un pegote de una sola
planta, estaba la cocina a la que se entraba por la puerta más utilizada de la
casa.
Abrí la
puerta, no había nadie y mi madre tampoco estaba en la habitación del fondo,
porque de estarlo se oiría la televisión, a mi madre le gustaba ver la tele
mientras planchaba y en ese cuarto a esa hora de la tarde solo se planchaba. Me
acerqué al mueble de la izquierda, abrí la puerta y cogí un montón de galletas
de la caja. La cocina comunicaba con el pasillo, y una vez en él abrí la puerta
de la derecha. Nada, en el comedor solo había una bolsa de la compra encima de
la mesa, me acerqué y vi que había naranjas dentro. Era un salón muy grande y
bonito, en forma de ele con unos grandes ventanales por los que entraba mucha
luz y brisa en verano. Muebles clásicos de madera maciza en la parte del
comedor y varias librerías y dos cómodos sofás tapizados con motivos florales
en colores vivos frente a la chimenea que en invierno usábamos bastante. Salí
de nuevo al pasillo por la puerta del salón y fui directamente a mi cuarto para
dejar mi cartera de cuero con los cuadernos del cole. No había nadie, tampoco
se oía ningún ruido. Así que abrí la puerta del cuarto trastero que había al
lado de mi habitación para charlar un rato con Noe, me gustaba, me hacía compañía
y me tranquilizaba. Además me divertían mucho sus historias, las que más las de
cuando las tropas francesas invadieron Madrid y se comportó como un auténtico
héroe. Decía que seguramente era lo que más me gustaba porque era lo más real,
lo que verdaderamente había vivido, que aunque también conocía historias muy
interesantes de muchos otros asuntos, en realidad se trataba de cosas que había
visto como se ve una película, o mejor, una obra de teatro, sin haber
participado en ellas, él no podía participar ya en nada, y claro, no era lo
mismo porque no podía poner el mismo entusiasmo al contarlo.
No
había nadie en el cuarto, ni rastro de Noe. Me pareció extraño, solo me quedaba
investigar por la planta de arriba donde estaba el dormitorio de mis padres. Allí
mismo, frente a mi habitación estaba la escalera, que ascendía en dos tramos.
El dormitorio era enorme, junto con el cuarto de baño ocupaba las tres cuartas
partes de la planta de la casa. La cama en medio pegando a la pared, a la
derecha la zona de mamá con una gran mesa de madera y dos sillas y una butaca,
para escribir y sus negocios como decía ella, a la izquierda la de papá con una
tele, una gran butaca de imitación a cuero y lo más importante: una bicicleta
estática semiprofesional que, según él, utilizaba todas las mañanas. Pues allí,
allí estaba Noe… y también mi madre. Se había quedado dormida sobre la cama, pobre, no
paraba, y Noe estaba tumbado junto a ella mirándola embelesado. Porque Noe
decía que mamá era la mujer más guapa que había conocido y que prefería no
verla mucho porque se ponía triste de su condición, en aquellos momentos me
dejaba descolocada porque no sabía a qué se refería con "su condición",
y que si no fuera por eso ya se podía ir preparando mi padre, porque se la
quitaba. Me acerqué a ellos y me puse a charlar con Noe, le dije que era un
ridículo y que si no quería coincidir con mi madre esa no era la mejor forma.
Me decía que se conformaría con poder tocar su cabello u oler su piel. En esos
momentos, cuando se ponía así, me daba pena, como cuando me veía comer fresas
maduras, o beber un vaso de leche u oler una rosa del jardín. Pero entonces, se
incorporó de golpe en la cama y me dijo "fuera penas", que no podía
quejarse, que me tenía a mí y podía hablar conmigo y ver los atardeceres y
escuchar la maravillosa música que algunas veces ponía mi padre y escuchar la
voz de mi madre... y justo, en ese momento se volvió a poner triste, debía
estar muy enamorado. Ese día, mientras ella dormía, me contó una de las cosas
más impactantes que haya oído nunca: cómo fue su muerte. Le fusilaron los
franceses después de caer prisionero en una emboscada. Unos soldados le
reconocieron como el culpable de la explosión del polvorín central, que les
dejó sin municiones más de medio día. Le fusilaron en la zona de Moncloa, y
muchos años después se reconoció a sí mismo en un cuadro del Museo del Prado,
con una camisa blanca y alzando los brazos delante del pelotón de fusilamiento.
El pintor le sacó muy poco favorecido, pero le hacía ilusión haber pasado a la historia. Me quedaba embobada escuchando sus historias,
siempre ha sido así. Nunca me lo había planteado hasta ese momento: pero si le
mataron hace tanto tiempo… ¿Porqué seguía allí, en casa, conmigo? ¿No tendría
que estar en el lugar donde reposan las personas que han muerto? Pero
justamente cuando se lo iba a preguntar, se despertó mi madre. Me dio un beso
mientras se desperezaba y me acariciaba el pelo. Noe me gesticulaba dándome a
entender la envidia que le daba, le ignoré, y cuando volví mi vista de nuevo
hacia él vi como se estaba diluyendo en el suelo. Mamá me dijo "¡vamos
Laura!", me cogió de la mano, bajamos a la cocina cantando y bailando una
canción de Mecano y nos pusimos a hacer rosquillas según la receta que me
habían dado en el colegio.
Unos
días más tarde, cuando me acordé, le volví a preguntar y Noe me lo contó todo
de la forma más sencilla que se podía. Imagino la cara que debí poner pues no
entendía, me resultó muy complejo, tan solo tenía ocho años. Realmente tenía
muy difícil su salida del mundo de los vivos.
Son
recuerdos bonitos de mi niñez que ahora que vivo sola me gusta rememorar en mis
momentos de sosiego junto a él, mi gran amigo, ¿Verdad Noe?
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
2019.12
viernes, 27 de marzo de 2020
Mi día de fiesta
Me gusta salir de casa para vivir. Cojo mi bolsa y bajo las escaleras. En el último tramo evito el tropezón. Es sábado mañana y la calle está llena de gente. Cuando aún no he llegado a la esquina de la cervecería se pone a llover. ¡Vaya! Ya sé, es necesario, pero lo odio. Carlos está metiendo barriles de cerveza de trigo. Nos saludamos. Nos caímos bien desde el primer día. Sigo caminando hacia el metro. La señora que pide en la puerta del supermercado se echa hacia atrás, a mi paso, nunca me había pasado. ¿Será para protegerse de la lluvia? Quizás, bueno me olvido, será cualquier cosa. Ya en la rotonda uno de los conejos que viven en la zona ajardinada central me levanta la pata saludándome, es el blanco, pero hoy no lleva el reloj, será porque es sábado. Cuando llego a la esquina del centro comercial diluvia. Entonces es cuando me doy cuenta: mi vida, hoy, se va chafando de esquina en esquina. Bajo las escaleras del metro deseando que no esté inundado. Mientras, el agua moja mis tobillos. Me alegro porque me gusta bucear en el metro, qué contradictorio. También me gusta lo inesperado y lo inverosímil. Ya en el vagón noto que el agua está un poco más sucia, cierro completamente la nariz y saco el móvil para mimetizarme con todos los pulpos y sirenas que van conmigo. Voy contento porque pronto estaré en el mar. Allí nos veremos amigos.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2020
Febrero 2020
jueves, 26 de marzo de 2020
Bares de Vicalvaro
(Actualizado a febrero 2020)
El tiempo hace que las cosas cambien y esto es lo que ha sucedido con los bares de Vicalvaro, al igual que con otras muchísimas cosas en el mundo. Unos por la mala gestión de los dueños, otros porque el dueño se jubiló y otros por cambio de propietario, el caso es que algunos se han caído de esta lista.
Estos y solo
estos son hoy en día mis bares favoritos de Vicálvaro.
No incluyo Valdebernardo donde hay dos o tres que incluiré en otra entrada de este blog.
Bar La Plaza
Plaza de Don Antonio de Andrés, 14
Mi bar de
referencia para aperitivo y media tarde.
Las cañas mejor tiradas de Vicálvaro, sin ningún genero de dudas, acompañadas de un más que
correcto pincho. Las cañas siguen a 1,30€.
Los sábados,
domingos y festivos a la hora del aperitivo tiene un ambiente bullicioso y alegre.
Hay unas pocas
mesas altas afuera, al lado de la puerta, donde disfrutar del sol y del
ambiente de la plaza, también para el cigarrito de los fumadores.
La terraza en
verano es agradable por la tarde, cuando ya no da el sol.
Los aseos están razonablemente
bien.
Cervecería Alquitara
Calle Villacarlos, 16
Cervezas de todo
el mundo y un amplio repertorio de cervezas artesanales.Muy buen ambiente
de gente cervecera.
Variedad de
platos para comer acompañando a la cerveza, entre los que quiero destacar las
hamburguesas (muy buenas) y los platos de salchichas variadas. Buen precio en la comida, las cervezas de este tipo son caras en todos los sitios, no es la típica caña, que no tienen.
La terraza es muy
agradable y cuando hace buen tiempo tiende a estar llena cualquier día de la
semana a partir de la 20:30. Se puede reservar.
Carlos, el dueño,
además de saber mucho de cerveza, vive para su negocio, en caso de dudas dejaos aconsejar por él. Siempre hay varios
grifos de cerveza de los que al menos uno suele ser de cerveza artesanal La
Vicalvarada.
No suele haber
pincho que acompañe a la cerveza, salvo en ocasiones excepcionales como la
feria de la tapa de Vicálvaro, aunque siempre te pone un bol de snacks.
El coste mínimo
de una cerveza, la rubia más normal de barril, 33cl, puede ser unos 3,00€.
En la época del
Oktoberfest de Munich, Carlos trae barriles de cerveza especial de distintas
marcas, os aconsejo que probéis de todos los barriles. Es un sitio ideal para ir a celebrar
el Oktoberfest. Además en esa época tiene menús especiales con codillo cocido o
asado y más platos típicos bávaros.
Los aseos son muy
mejorables.
Churrería Bernis
Plaza Don Antonio de Andrés, 4.
La alegría de Vicálvaro y la mejor terraza, es un sitio a tener muy en cuenta por muchos motivos,
empezando por la amabilidad de los dueños.
Sí, es una churrería donde desayunar
maravillosamente, y no solo porras. O donde merendar chocolate con
churros.
Tiene una gran terraza para el verano y la primavera, para cuando hace buen tiempo. Puedes
tomar en ella botellines o cañas, no te obligan a pedir doble de cerveza o
tercios. Siempre te ponen más de un plato de aperitivo. Ojo si pedís raciones porque son muy muy grandes.
Y luego, cuando
hay cualquier tipo de fiesta (fiestas de Vicálvaro, carnavales, nochevieja,
etc…), es el sitio de referencia donde ir: música, alegría y gran ambiente.
Son gente
encantadora y muy amable.
Sería una injusticia enorme no decir que hacen de las
mejores porras que he tomado nunca.
Precios razonables.
Los aseos están razonablemente bien.
Bar Carrillo
Calle Lago Van, 5
Un local que mantiene sus
virtudes a lo largo del tiempo, a la vez que innova en las cosas que a mí particularmente me gustan,
los vinos.
Desgraciadamente cuando vas a un bar en Madrid y pides una copa de vino te ponen un “rioja” o un “ribera“ si quieres un tinto y
un “rueda” si es blanco. Todos de la peor calidad y con el peor trato posible (probablemente
abierto hace 15 horas y mal cerrado o caliente si es blanco).
Aquí no, en
Carrillo hay variedad y calidad (dentro de los precios que ofrecen, claro). Los
vinos los mantienen en un mueble especial, a la temperatura adecuada y bien
cerrados.
Por lo demás te ponen siempre un buen pincho y además de
bocadillos y montados tienen raciones bien cocinadas entre las que me gustaría
destacar los callos, la oreja guisada, la tortilla de patata y el magro en
salsa de tomate.
Buenos precios y mucha amabilidad.
Los aseos están muy bien, lástima que algunos de los que
los utilizan, algunas veces, no lo hacen con el cuidado debido.
miércoles, 25 de marzo de 2020
El primer contacto
Ahí estaba la pelota, inmóvil, pegada al suelo mientras la miraba muy serio, con unos ojos que se me salían de la cara. Luego mi mirada fue de la mesa al suelo y otra vez a la mesa y otra vez al suelo, perplejo, no entendía, estaba hecho un lío, ¿cómo podía ser?
Hacía solo unos instantes había conseguido ponerme de pié, yo solo, y en mi triunfante equilibrio había caminado dos pasos, alargado la mano sobre la superficie de la mesa y cogido la pelota roja de goma que me había regalado mi tío Jorge. Aunque era pequeña me costó prensarla con una sola mano, pero lo conseguí. Todos los días me encontraba con nuevos retos. Después la rodeé con las dos manos mirándola y palpándola, en realidad la sobé un poquito, me gustaba su tacto. Finalmente volví a agarrarla solo con la mano derecha y abrí los dedos: la pelota cayó e hizo ruido y botó un poco y yo salí titubeante detrás de ella. Qué emoción, qué alegría, eso debía ser jugar. Y me encantó. Hasta ese momento fue un día muy feliz.
Cuando la pelota paró me acerqué a ella y dejé caer mi culo para sentarme y cogerla y seguir jugando. Me alegré mucho de llevar pañales porque amortiguaban el golpe. Volví a cogerla con la misma mano, con la palma hacia arriba, y de nuevo abrí los dedos, pero nada, la pelota no se movía, seguía sobre mi mano sobre el suelo ¿porqué no subía? Lo repetí una y otra vez, probé también con la otra mano, siempre lo mismo, era muy frustrante.
Así que me cansé y la dejé en el suelo.
¿Ahora entendéis mi perplejidad?
Y si subía, ¿donde iría? ¿al techo? ¿otra vez sobre la mesa? Sí, seguro que era eso, volvería a su sitio, sobre la mesa, me gustaba pensar que fuera así, de esa forma cada cosa tendría su sitio donde volver y eso quería decir que también yo, cuando me perdiera, volvería siempre a mi casa. Ese era un asunto que me preocupaba mucho: perderme y no ver más a mi mamá.
Y entonces me propuse investigar, era un reto importante. Pensé en subir al techo y volver a realizar mi experimento, pero justo en ese momento me di cuenta de un verdadero problema, la mesa. Para que todo estuviera igual y poder repetir todo en las mismas condiciones, tenía que conseguir que la mesa estuviera en el techo, aunque me temía que iba a suceder lo mismo que con la pelota, pero tenía que intentarlo. Me volví a poner de pie tras cuatro intentos en los que el culo se me iba hacia atrás, pero como era muy insistente lo conseguí, me acerqué a la mesa y sujeté una de las patas con las dos manos y a continuación las abrí. Nada la mesa no subía, no se movía.
Jolín, las cosas caían hacia abajo pero no hacia arriba ¿por qué?
Volví a repasar todo. A ver: me pongo de pie, cojo la pelota de la mesa, la sujeto con la mano derecha, abro la mano y la pelota cae al suelo. Una vez la pelota en el suelo, la cojo con la misma mano, la abro y la pelota no se mueve, no cae al techo, y mira que espero, pero nada.
Decidí parar un rato, sentarme y pensar, porque los niños hay veces que estamos tranquilos sin hacer nada mirando al techo y los mayores piensan que estamos haciendo caca, pero no siempre es así. Entonces volví a echar el culo hacía atrás y caí sentado y me di cuenta de lo fácil que me resultaba sentarme y lo mucho que me costaba ponerme de pie… ¡eso era importante! Así que seguí pensando en ello.
Estuve experimentando durante largo tiempo, mis papás decían que desde que había descubierto la pelota no hacía nada más que jugar con ella.
Y nunca se me olvidará: al día siguiente, después de muchos experimentos con la pelota y también algunos con mi culo, con vasos de agua, ahí mi madre se enfadó mucho, con mi chupete y con cualquier cosa que caía en mis manos, saqué una maravillosa conclusión para el resto de mi vida. Bueno, dos.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2018
Abril 2018
Abril 2018
martes, 24 de marzo de 2020
El ambivalente.
“Ramón tenía una
obsesión, quería vivir en un cajón como si fuera un ratón.” Alvarito Grillo.
Había
amanecido nublado pero justo en ese momento había comenzado a llover y lo hacía
con fuerza, se oía el salpicar del agua al paso de los neumáticos de los
automóviles. Ramón encendió la luz para poder ver en el espejo cómo se anudaba
la corbata, estaba deseando que llegara la hora. Había quedado junto al
embarcadero del estanque de El Retiro con ella, deseaba remar a su lado y
quizás, porqué no, esperar que surgiera la posibilidad de empujarla al agua y
salir nadando a salvarla o quizá mejor, ahogarla empujando su cabeza hacia
abajo hasta matarla.
Dejó de
anudarse la corbata arrancándola de su cuello con desesperación, no quería
hacer daño a Berta, no quería ni pensar en ello, no quería verla. Se quitó la
camisa, se puso el pijama y se tendió en la cama a leer la última edición del
diccionario de la RAE. Al cabo de dos minutos se sintió incómodo por el peso
del libro y se levantó.
Había dejado
de llover. Hacía calor y el sol entraba por la gran ventana del salón. Se sentó
en el sofá y la imagen de Berta con su
dulce cara, su pequeño pero firme pecho, sus escuetas caderas y su cardado y
fosco pelo le recordó la cita. La amaba, no podía soportar las horas que
permanecía alejado de su lado.
Hacía dos
meses su amigo Pablo había celebrado con una enorme fiesta su cuarenta cumpleaños. Ramón
había llegado tarde por culpa del regalo, no era fácil llevar un ternero de
doscientos kilos por las calles de Madrid, en su coche no cabía, así que tuvo
que presentarse en la oficina de correos a recoger en persona el animal para
llevarlo de la mano hasta la casa de uno de sus mejores amigos. Habría una
distancia de unos tres kilómetros más o menos. El problema surgió cuando al
llegar a la oficina de correos le dijeron que la entrega estaba retrasada
porque el animal estaba sucio y tenían que lavarlo. Ramón puso cara de enfado,
pero en el fondo se alegró, estaba contento porque no le gustaba llegar puntual
a ninguna cita, a pesar de que la puntualidad era un rasgo que todo el mundo
admiraba mucho en él. Cuando a las once de la noche llego a la fiesta, Pablo en
persona le abrió la puerta y al ver el regalo se puso a dar saltos de
alegría y a abrazarle. Ramón se imaginaba algo así y rápidamente comenzó a
clavarle sigilosamente unas agujas en los brazos ante lo que su amigo reaccionó
de la forma esperada, le soltó rápidamente. No soportaba el contacto físico
sostenido con ninguna persona a la que apreciaba.
En la fiesta
había de todo, comida, bebida, música en directo, música enlatada, faquires,
domadores de elefantes, nadadores de competición, actrices porno, pastores de
llamas de Perú, locos de atar, prestidigitadores y allí, en el fondo de la
sala, iluminada por una luz suave de color naranja estaba ella, había comenzado
a leer las manos de Pablo cuando les interrumpió su llamada a la puerta. Pablo
le condujo a su lado y se la presento. Me llamo Berta, dijo. Yo Ramón y este es
mi número de teléfono. No volvieron a hablar en toda la fiesta, pero bailaron
mucho y rozaron sus narices en cinco ocasiones. Fueron momentos de enorme
emoción para Ramón que se repetirían en su memoria constantemente cada uno de
los días siguientes, sobre todo en el amanecer y en el anochecer.
Esa noche
llegó a casa bastante cargado, había bebido más de lo que en él era habitual y
se sentía mareado, así que cayó en la cama y se quedó dormido profundamente.
La imagen de
Berta no se iba de su cabeza, se sucedían los días y no sabía nada de ella.
Llegó a obsesionarse de tal forma que se compró varios libros de quiromancia.
Leerlos serenaba su espíritu.
Una tarde de
finales de abril, mientras Ramón estaba en su casa anotando una transacción
contable de doscientos cincuenta mil euros correspondiente a la venta de un
rebaño de renos en Alaska, sonó el teléfono, era Berta. Le comentó que se había
acordado mucho de él, pero que debido a la gran cantidad de trabajo que había
tenido no había podido llamarle antes. Al principio se hizo el loco, como
si no se acordara de ella, hasta que en un momento determinado dijo “Ah, ya
caigo, tu eres la chica con la que rocé la punta de mi nariz 5 veces en la
fiesta de Pablo”. A partir de ese momento estuvieron hablando durante una hora
y cuarto de banalidades. Tuvieron que terminar la conversación porque el padre
de ella necesitaba hablar por teléfono y no había otro en la casa. Pero antes
tomaron la determinación de quedar en el parque de El Retiro el próximo trece
de mayo a las ocho de la tarde.
No podía
perder esa oportunidad. Dio un salto y se levantó del sofá, tenía que darse
prisa, ya eran las seis y media de la tarde, tenía el tiempo justo. Se puso el
traje gris marengo con una camisa blanca y la corbata rosa, se había estado
fijando mucho en los políticos que esos días estaban en campaña y determinó que
los de derecha eran los más elegantes, por un momento pensó que quizás no sería
lo más adecuado para un paseo en barca por el estanque de El Retiro, pero fue
una minucia que no duró en su pensamiento más de quince minutos porque cuando
ya solo le faltaban los calcetines y los zapatos le surgió una cosa que desvió
su atención hacia algo mucho más importante que su atuendo.
¿Dónde tenía
unos calcetines negros? Dios mío, el tiempo pasaba y él sin calcetines.
Frente a los
pies de su cama había una antigua y ancha cómoda de cinco cajones, se acercó
para coger un par de calcetines negros que había en el primer cajón, tuvo que
rebuscar un poco, pero allí al fondo divisó el par negro, lo agarró con la mano
derecha y tiró de él, pero no salían, algo les impedía salir. Acercó la cabeza
para mirar y no veía nada que impidiera que los calcetines salieran, pero el
caso es que no podía. Empezó a meter la mano para ver si con el tacto conseguía
tocar algo que produjera el atasco. En ese momento oyó voces que salían del
cajón y vio unos extraños resplandores de color naranja. Metió la mano y el
brazo entero y no conseguía llegar al fondo, las voces sonaban cada vez más
fuerte y los destellos brillaban intermitentemente con una cadencia constante.
Alargó el brazo metiendo el hombro y poco a poco fue introduciendo la cabeza,
luego el tronco y finalmente notó que sus piernas se quedaban colgando del
vacío, pero en el ultimo tirón se vio completamente dentro de la oscuridad del
cajón.
¡Qué había
hecho!
Y ahora ¿Cómo saldría de allí? Cómo se pondría
los calcetines que ahora le arropaban a modo de edredón enorme. Comenzó a
angustiarse a respirar de forma acelerada. No iba a llegar a tiempo a su
ansiada cita.
Cayó hacia
el fondo debido a la pendiente del cajón y se dio cuenta de que las voces salían
de un magnetófono a casete que estaba encendido y que emitía voces. Los
destellos provenían del led de encendido del aparato. La voz era suave y repetía
insinuante y repetidamente “rózame con la nariz, por favor, rózame con tu
nariz”. Aumentaba su angustia, le resultaba difícil respirar y en la oscuridad
y sin intención de hacerlo, introdujo su dedo índice en el agujero de los
auriculares.
En ese
momento sonó una enorme explosión y vio como se elevaba y como su cuerpo crecía
de una forma tan rápida que cuando de repente miró al suelo vio que un pie lo tenía
al lado del Monasterio del Escorial y el otro al lado del Palacio de Aranjuez.
Se sintió bien, se sintió fuerte, aunque totalmente apesadumbrado por no haber
podido asistir a su cita con Berta. Lloró amargamente dándose cuenta que los
gigantes también sufren y viendo cómo su lagrimas estaban inundando los pueblos
de la periferia y también el centro de Madrid.
Decidió irse
al mar a llorar y en cuatro pasos llegó al Mediterráneo y se sentó entre
Menorca y Barcelona. Al fin, y después de algún tiempo, consiguió serenarse. Ya
más tranquilo divisó a lo lejos la Sagrada Familia y el cartel luminoso rojo
que unía sus dos torres delanteras. Vio que podía leerse lo siguiente:
Barcelona, 13/05/2047
19:55:04. Quedan 86.725 minutos para la inauguración.
Al principio
no se dio cuenta, pero enseguida detectó algo especial en el mensaje. ¡Había
ido hacia atrás en el tiempo! Estaba a cinco minutos de la cita con Berta en El
Retiro, aún podía acudir.
Se llenó de
felicidad, no le importaba nada, ni su tamaño, ni su ambivalencia, ni sus
ideas, nada, solo pensaba en cómo llegar tarde, pero solo unos minutos, el
tiempo suficiente para no ser puntual pero no tan largo como para que Berta pensara
en el plantón y se fuera.
Decidió dar
unas quince vueltas al mundo, lo que estimó que le iba a llevar unos quince
minutos. Justo para llegar unos diez minutos tarde, un tiempo razonable.
Por fin llegó
al parque de El Retiro y se dio cuenta que algo había pasado en el trascurso de
sus vueltas a la Tierra. Su volumen había menguado, ahora tenía una altura
igual a la estatua de Alfonso XII que había al lado del estanque. Podía mirar a
los ojos al rey, estaban a la misma altura. También se dio cuenta, lo que le
tranquilizó, que la ropa había ido cambiando de tamaño con él. Vestía el traje,
la camisa blanca y la corbata, eso le daba seguridad, porque aunque un poco
mojado todo, tenía una apariencia correcta para la cita con su amada.
Allí abajo
estaba, tan guapa, tan correcta, tan delgada, tan cardada. El corazón de Ramón comenzó
a latir mucho más fuerte, acercó con suavidad y dulzura su dedo índice a ella y
con la máxima suavidad, casi susurrando, le dijo: ¡Berta! Soy yo, Ramón. Cuánto
he tenido que pasar para estar aquí contigo. Te amo, no puedo vivir sin ti.
Ella miró
hacia arriba con sorpresa, no sabía de dónde podía venir esa voz que conocía. Y
de repente, primero hizo un gesto de desconcierto y enseguida otro de terror. Gritó,
se dio la vuelta y salió corriendo.
Ramón se dio
cuenta y lo entendió, pero no podía dejarla ir, no podía. El solo pensamiento
de nunca más rozar su nariz con la de ella le apesadumbraba, le
descomponía, le hizo hasta tartamudear, así que tomó la decisión más importante
de su vida.
Agarró un
árbol entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha y lo arrancó, necesitaba
tomar control de su fuerza, tomar conciencia de qué nivel tenía que aplicar. A
continuación arrancó la imagen del Ángel Caído del pedestal en que se encontraba
en el centro de su plaza. Y finalmente cogió un banco de madera para calibrar
distintas fuerzas y pesos.
Se dio
cuenta que ahora sí, ahora podía coger a su amada sin riesgo de hacerle daño.
Miró hacia abajo, hacia todos los lados, le costó pero al fin consiguió divisar
a Berta que estaba bajando a la carrera la Cuesta de Moyano.
Hacía calor
pero estaba tranquilo, sereno. Berta estaba en el bolsillo de su camisa,
desmallada, descansando. Había atravesado Despeñaperros, había cruzado el
Estrecho de Gibraltar y se encontraba a salvo en un oasis del desierto del
Sahara. Acababa de llegar, era de noche y el cielo estaba lleno de estrellas.
Su amada estaba
con él, ahora solo le quedaba esperar a que su cuerpo volviera a su tamaño
normal para poder rozar su nariz con la de ella.
Y si no... siempre podría
comérsela.
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
Abril 2019
martes, 25 de febrero de 2020
El oso Fernandoso. Capitulo 5 y último.
¡Qué sueño tenía! Le esperaba un largo día, el pueblo estaba a veintisiete kilómetros y Jaro, su asno, iba suficientemente cargado de miel como para no cargarle también con su macuto.
Visitaría primero la tienda de
herramientas de Don Fructuoso con quién tenía que hablar para ver si necesitaba
mangos de madera pulida para las hachas, últimamente le había comentado que la
gente del pueblo volvía a solicitarlas ya que las de plástico, que venían de
oriente y eran más baratas, no tenían el mismo tacto ni duración. Intentaría
conseguir un pedido para mitigar la bajada de producción de las abejas. También
intentaría venderle unos cuantos tarros de miel, aunque pensaba que todos los
tenía vendidos le gustaba distribuir su producción, bueno la de las abejas, en muchos
sitios. A continuación iría a la frutería del señor Martillo para colocar otros
tarros de miel y la mitad de la jalea real que llevaba. Todo eso le llevaría
varias horas pues en el pueblo los negocios se hacían sin prisas.
Y ya, finalmente y antes de
cenar, se acercaría a casa de Violeta. Le llevaba no solo un bonito ramo de
flores de su pradera, sino también un bote de miel de la colmena que estaba más
apartada y por tanto más cerca del bosque, tenía siempre un extraordinario
sabor a zarzamoras. Estaba deseando verla, quizás le invitaría a cenar, pero
claro, no podía preverlo, si fuera así sería la perfecta culminación de un duro
día.
Cerró las contraventanas,
recogió todas las herramientas y las llevó al establo guardándolas
ordenadamente en su sitio y ,al salir, dejó abierta la puerta para que al
anochecer la vaquita Fernanda pudiera guarecerse.
A continuación cogió el dinero
y un bocadillo que se había hecho para el camino, el ramo de flores, la miel y
la jalea y colocó todo como pudo en las alforjas de Jaro. Comprobó que no se
dejaba nada importante, cogió el macuto y la escopeta y después de cerrar bien
la puerta emprendió camino.
Cuatro días de conversación y
negocios en el pueblo le esperaban y también, claro, Violeta y sus ojos.
--- oooOooo ---
Fernanda estaba pastando
plácidamente, esa mañana vio abierta la puerta del establo y se acordó de que
Fernando se había tenido que ir al pueblo por unos pocos días como todos los
meses. Para ella era incómodo porque para cuándo volvía tenía las ubres a
estallar de tanta leche sin ordeñar en más de cuarenta y ocho horas. Pero
bueno, sabía que tenía que ser así.
Hacía un soleado día y pensaba
pasar toda la mañana en el prado pastando y bebiendo.
--- oooOooo ---
A Kruon se le removieron las
tripas y comenzó a generar saliva como si de agua se tratara, en aquellos momentos
solo su instinto le guiaba y su instinto decía que o matar y comer o morir. Se
acercó todo lo sigilosamente que pudo a la valla sin dejar de mirar a la vaca,
que seguía comiendo sin levantar la cabeza del suelo para nada. La cerca era su
gran obstáculo, en otras condiciones, tan solo un par de decenas de días antes,
la habría asaltado a la carrera sin absolutamente ningún problema. Ahora era
imposible. Miró hacia un lado y hacia el otro. Se fijó en que el río atravesaba
la cerca por debajo. Si se metía en el agua y sumergía la cabeza durante uno o
dos segundos, podría pasar al otro lado. Con un gran esfuerzo se acercó al agua,
aquello no le traía buenos recuerdos, notó que estaba muy fría, primero en sus
patas y cuando se acercó al vallado también lo notó en la barriga y en su
cuerpo entero ya que introdujo la cabeza pero enseguida la volvió a sacar, ya
estaba al otro lado. Al salir del agua resbaló en unas piedras y tuvo que
chapotear para no caerse, con el consiguiente ruido.
--- oooOooo ---
Fernanda oyó un ruido en el
agua e incorporó la cabeza, el sonido venía de atrás a su izquierda. Tuvo que
mover su pesado y poco ágil cuerpo para poder ver de dónde venía el ruido y lo
que vio fue un animal de color amarillento anaranjado con rayas negras, muy
delgado y con las fauces abiertas enseñando un par de grandes colmillos. Su
aspecto era fiero, sus ojos rojos y se movía con dificultad pero sin pausa
hacia ella, sin apartar su mirada roja, para nada.
--- oooOooo ---
Fernandoso estaba disfrutando
de unas fresas muy rojas y muy maduras antes de comenzar paseo de vigilancia
que había decidido hacer todos los días a raíz del descubrimiento de su
probable enemigo. Estaba muy cerca del río, a su salida hacia el valle. ¿Ese
sonido? Es como unas campanillas, no, era un sonido menos agudo, un badajo, y
sonaba rápido, con urgencia. Venía del valle, de por la casa de Fernando.
--- oooOooo ---
La vaquita salió corriendo,
bueno, las vaquitas gordas como Fernanda no pueden ir muy deprisa, aunque lo
intenten, sus movimientos suelen ser torpes, las grandes ubres tienen algo que
ver.
--- oooOooo ---
Kruon, tenía frío, el chapuzón
había dejado completamente mojada su antes bonita piel. Vio como la vaca había
detectado su presencia y huía torpemente, no iba muy deprisa, pero aún así iba a
llegar al establo antes de que la pudiera alcanzar.
Fernanda se escondió en la
cuadra, donde la ordeñaban, estaba muerta de miedo. Antes de entrar había visto
como el fiero animal iba a por ella, le costaba andar, a veces tropezaba y las
patas delanteras tenían que arrastrar el cuerpo durante unos momentos hasta que
lograba estabilizarse. Ese animal no estaba bien, pero sus colmillos y su boca
daban mucho miedo.
Fernando había corrido, mucho,
ya se encontraba en el río, donde el agua se abría al valle, y lo vio. Vio como
el tigre se encaminaba hacia el establo en el que se oían los mugidos alarmados
de Fernanda, eran mugidos de pavor.
Kruon estaba agotado pero aún
tenía las fuerzas que le salían del hambre, de la determinación de vivir.
Consiguió llegar a la puerta del establo, los mugidos salían del fondo, ya
quedaba poco, tan solo unos metros, abrió las fauces, sacó los colmillos e
inició la carrera, cuando llegó a la puerta de la cuadra la vio, sacó las
garras y elevó las patas delanteras para dar el salto final.
En ese momento Kruon perdió el
conocimiento, después de notar un abrazo que lo atrapaba por detrás.
Fernandoso había llegado a
tiempo, había corrido mucho, a cuatro patas los osos pueden ser muy veloces, y
cuando entró en el establo y vio la situación pegó un enorme salto abrazando
con todas sus fuerzas al tigre antes de que pudiera tan solo tocar a su
aterrada víctima. El tigre, escuálido y con la piel llena de enormes calvas,
cayó al suelo sin consciencia.
Taor estaba enseñando a los
tigres más jóvenes, les enseñaba sus garras con movimientos amenazadores tan
cercanos a sus caras que, aún intentando no dejar de someterse, de puro miedo y
por instinto de supervivencia desenfundaban finalmente las suyas acercándolas a
Taor en tímidas respuestas a sus fingidas agresiones. Eran unos cachorros aún.
Kruon estaba muy cansado, muy
débil, no podía siquiera abrir los ojos y en su febril estado soñaba con los días de felicidad en la meseta, junto a la manada.
¿Podría algún día volver? Posiblemente muy pronto moriría.
FIN
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
viernes, 31 de enero de 2020
El oso Fernandoso. Capítulo 4.
Fernandoso se despertó tarde,
sus ardillas guardianas, las que siempre le avisaban si algún peligro acechaba
su cueva, corrían divertidas entre los rayos del sol por entre los troncos de
los abetos cercanos, hacía un día precioso. Eran sus amigas, un día le habían
salvado de un gran peligro al avisarle que había entrado en su cueva una
víbora.
Al ver un día tan bonito
decidió ir a bañarse a la gran charca y a ducharse en las aguas de su cascada.
Estaba en los límites del bosque adyacentes al valle, como a media hora de la
casa de Fernando.
Por el camino disfrutó de
alguna zarzamora, pues era época, pero según se acercaba a su destino su olfato
detectó algo especial, era un animal con la piel húmeda, pero no sabía
distinguirlo. Se acercó a dos grandes troncos caídos en el suelo, posiblemente
a causa de una tormenta de viento, entre ellos había tantos arbustos y tan
poblados que no se podía distinguir el suelo. En el bosque no había grandes
animales peligrosos, o eran pequeños como las víboras o algunas arañas
venenosas o venían del cielo, como buitres o águilas, así que no sentía miedo,
sino más bien curiosidad. Se asombró de que al acercarse más y más, ese
animalillo no saliera huyendo. Su olfato le llevaba a la zona de los arbustos,
muy cerca de un acebo lleno de bayas rojas. Se acercó y se puso de patas como
si fuera a coger sus bayas, mirando disimuladamente hacia abajo. Lo vio, todo
menos la cara, piel de pelo corto y color dorado con gruesas rayas de color
marrón muy oscuro. Debía estar enfermo pues no sé movía absolutamente nada.
Solo había un animal que se ajustaba a esa fisonomía, un tigre, había visto una
manada a lo lejos una vez que se perdió y apareció en la meseta, en la árida
meseta y al verlos se dio enseguida la vuelta hacia un bosque de encinas cercano
ya que eran muchos y parecían peligrosos. Volvió a bajar disimuladamente la
vista y sí, se trataba de un tigre que debía estar enfermo. Además de enfermo
debía estar muy asustado, así que decidió no hacer nada y marchar hacia la
charca para darse su refrescante ducha.
Durante el paseo de vuelta a
su cueva estuvo pensando en su descubrimiento y decidió que tendría que estar
vigilante pues los tigres eran animales fieros y peligrosos no solo para él
sino para los animales del bosque e incluso para Fernando y la vaquita
Fernanda.
--- oooOooo ---
Fernando estaba preocupado
porque la producción de las abejas había bajado considerablemente durante el último
mes. Pronto tendría que bajar al pueblo a vender la miel y estaba convencido de
que le iban a dar bastante menos dinero y como ese dinero lo utilizaba para
comprar víveres para el siguiente mes, pues no podría comprar las cantidades
habituales, sino menos. ¿Pasaría hambre? Bueno siempre podría contar con la
leche de la vaquita Fernanda para suplir alguna deficiencia de comida. Los que
sí eran imprescindibles eran los artículos de limpieza y de aseo, porque las
herramientas podrían esperar al mes siguiente.
Tendría que preparar ropa y
dinero para los tres o cuatro días que pasaría en el pueblo vendiendo y comprando.
Y no solo eso, Violeta le tenía loco, cada vez veía sus ojos más verdes y más
grandes y qué decir de su pelo, y de su sonrisa y de… bueno no podía decir nada
de su olor porque nunca había estado suficientemente cerca de ella. En fin,
estaba enamorado y lo sabía.
--- oooOooo ---
Kruon miró hacia la derecha,
todo se veía bastante oscuro igual que a su izquierda, se dio la vuelta y vio
el mismo panorama, solamente al frente se veían destellos de luz, así que con
paso lento y cansino se dirigió hacia allí. Llevaría recorridos unos ochenta
árboles cuando primero oyó, y se quedó quieto, y luego vio una cosa blanca que
se movía a pequeños saltos, siguió quieto, orejas largas, era un conejo. Su
corazón se llenó de emoción y comenzó a latir mucho más rápido. Sus patas
delanteras temblaron, las traseras le impulsarían lejos estirando su cuerpo
entero hasta que sus garras delanteras, en un movimiento rápido y preciso,
alcanzarían la posición que el conejo tuviera en ese momento y caza finalizada.
Pero eso, que hubiera sido así en cualquier circunstancia vivida anteriormente,
se convirtió en un planchazo sobre el suelo, muy lejos del conejo, que se
alarmó y salió corriendo hasta que Kruon le perdió de vista.
No tenía fuerza, tantos días
de ayuno.
Así que decidió comer bayas,
como había visto hacer al oso. Pronto vio un arbusto en el que había unas
bolitas redondas de color azul, estaban muy altas así que intentó ponerse a dos
patas, pero claro, no se sostenía y no podía cogerlas ya que no tenía manos con
largos dedos como los humanos, así que tras varias intentonas en las que
cayeron tres bolitas al suelo, tuvo que desistir. Pero las probó, eran frescas
y jugosas por dentro, aunque más ácidas que dulces. Las comió con mucho asco,
era como si su estómago las rechazara.
Continuó su camino hacia la
luz. Vio varios conejos pero sus intentos, todos, fueron frustrados por su
falta de fuerza para realizar rápidos saltos y salir corriendo hacia su presa.
Estaba muy desanimado y su
caminar era lento, buscando los caminos para no tener que saltar entre los
arbustos, pero con miedo porque allí era más visible para el oso que vivía allí
y del que temía un posible ataque. Vio un abeto con un grueso tronco y justo al
lado un arbusto lleno de bayas rojas, se acercó, se puso a dos patas apoyando
las delanteras en el tronco y alargó el cuello, podía llegar a una gran
cantidad de bayas, estás estaban más amargas y ácidas pero tenía que
alimentarse y comió, muchas, gran cantidad de ellas, entre arcadas. Una vez se
hartó, consideró que no podía comer más y siguió su camino hacia la luz.
Antes de llegar la noche
sucedió lo que no esperaba y que le dejaría aún más hundido.
--- oooOooo ---
Fernandoso no podía dejar de
pensar en su encuentro del día anterior. Un tigre era un animal carnívoro y
peligroso y quedarse sin hacer nada no era la mejor solución. Pero ¿Era mejor
volver y enfrentarse a él? porque estaba seguro que en cuanto lo descubriera le
atacaría, por muy mal que se encontrara, era su instinto, el de todos los animales,
en situaciones desesperadas luchar hasta vencer o morir. Por otro lado estaban
sus ardillas y la vaquita Fernanda e incluso Fernando, si le pillaba
desprevenido le podía atacar. Estaba inmerso en un gran desasosiego, no podía
dejar de pensar en ello y a cada momento con más angustia.
Decidió dejar pasar unos días
y volver con mucho sigilo. Sí el tigre seguía encontrándose mal y no se sentía
atacado, ni descubierto, no le atacaría y si se encontraba mejor ya vería lo
que hacía, salir huyendo quizás no fuera lo mejor porque un animal como ese,
criado en las grandes llanuras de la meseta, correría más rápido que él. Aunque
en el bosque, entre los árboles ya no estaba tan claro que fuera más rápido, en
cualquier caso no le haría frente a no ser que no le quedará más remedio.
Se encontraba preocupado y en
un mar de dudas
--- oooOooo ---
Eso es lo que era, un triste
tigre escuálido y hambriento vomitando a cada metro en medio de un bosque, o
sea, una piltrafa a merced de cualquier percance. Las bayas con que se alimentó
no fueron una solución, más bien un problema.
Tuvo que parar al amparo y en
medio de un pequeño bosque de acebos dentro del gran bosque. No podía más, no
tenía fuerzas. Allí quedó desfallecido y además con una gran sed, necesitaba
comer y beber, no sabía cuál de las dos cosas necesitaba más. Había ya mucha
luz, por lo que pensaba que debía estar ya muy cerca del límite del bosque, en
cuanto saliera de él ya estaría más cercano a las condiciones de su hábitat
natural. Estaba anocheciendo, esperaría a la luz de la mañana para intentar
salir del bosque cuanto antes.
--- oooOooo ---
Allí estaban los dos grandes troncos
caídos. A Fernandoso comenzó a latirle intensamente el corazón, no veía el
peligro pero lo intuía, se acercó al lugar donde estaba el tigre, despacio, no
era capaz de disimular sus pisadas, pesaba demasiado, mirando, eso sí, a
diferencia de la otra vez, continuamente hacia abajo, esperando cualquier ruido
o movimiento para ponerse a correr, saltar como un resorte, estaba en un estado
mental y físico de alerta total.
Pero... ya no estaba, se había ido.
--- oooOooo ---
Le dolía todo. Una gran
sensación de vacío en la barriga y la boca seca y pastosa. Caminaba, casi se
arrastraba, las patas delanteras tiraban
de su cuerpo mientras las traseras eran como lastre. Iba siguiendo la claridad.
Todo era muy costoso. Necesitaba una presa, calmaría su hambre y su sed.
Fue como el sol en el amanecer,
una gran mancha de luz que cegó sus ojos y le arrastró hipnóticamente hacia
ella de tal forma que ya no sentía dolor ni mareo.
Era como el cielo, una inmensa
pradera partida por un río y a la izquierda una valla y dentro… dentro… una
mancha negra y blanca… que se... ¡movía! Era una ¿vaca?
© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019
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