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martes, 17 de mayo de 2011

Investigación XI

Cuando el mar llega y la tormenta se retira, todo se llena de azul.

Me costó volver a la normalidad. No fue fácil. Volver a caminar, moverme por los lugares de siempre, estar atado a ellos.

Atado a mi espacio y a mi tiempo.

Aunque, en realidad, después de un par de días, pienso que es lo mejor. Esta es la vida que debo vivir, la mía, la que me corresponde. A la larga no es bueno vivir una irrealidad constante. ¿O aquello fue real? O… ¿es real?

Intuitivamente me introduje en aquel cuerpo, primero un brazo, luego los dos, a continuación la parte delantera de mi torso. No sucedía nada, no notaba nada que me atemorizara. Por lo tanto lo siguiente fue sentarme en el taburete, ocupando sus caderas y sus piernas, todo su cuerpo excepto la cabeza que es lo que más me costaba. En un instante de decisión, de repente, sin pensarlo, introduje mi cabeza en la suya ocupando totalmente aquello.

Mis brazos eran sus brazos y apoyándome en ellos incorporé su cuerpo y a continuación su cabeza. Pero los pensamientos eran míos, como también lo era mi voluntad. Yo movía ese cuerpo poniéndolo de pié, haciéndolo caminar con la misma seguridad con que lo hubiera hecho con el mío, o casi. Veía las cosas a distinta altura y mi cerebro (¿mi cerebro?) notaba que la fuerza de este cuerpo era de menor intensidad que la del mío. No me sentía incómodo.

Me dirigí hacia el pasillo y abrí la primera puerta de la izquierda. Era un cuarto de baño en el que había un espejo. Entré, tenía que comprobar algo. Enseguida lo vi. Hablé mirando al espejo, no era mi voz, pero sus cuerdas vocales decían lo que yo quería que dijeran. Efectivamente, comprobé que estaba en el cuerpo de ella.  

Volví a la sala y vi que había un papel encima de la mesa. Lo leí.
           
            Tú la has visto. Por eso estás aquí. Eso te distingue del resto

            Ahora, utilízalo, pruébalo, cuídalo y déjalo como lo has encontrado

Salí a la calle. El sol primaveral seguía iluminando la ya muy tardía mañana madrileña. Mi caminar era ligero y fácil. Debí caminar por las calles durante mucho tiempo recreándome en las nuevas sensaciones.

Para cuando me quise dar cuenta, me encontraba en el barrio de Chueca, en la calle Gravina, delante de una tienda en la que vendían diversos artículos decorativos. Pasé y miré en las estanterías buscando nada, me sentía bien, feliz. A la salida, encima de una pequeña mesita metálica había una pila de revistas "ARGENTINOS. La revista de los argentinos en el exterior". Pregunté si me podía llevar una. Nadie me contestó, como si no existiera, así que tomé una. La portada era preciosa, una jacarandá en, aparentemente, un pequeño jardín de la Capital Federal. Me emocionó ver mi querido Buenos Aires y un árbol tan hermoso. Noté una ligera brisa, levanté los ojos y esa jacarandá estaba delante de mí, ante mi vista.

martes, 26 de abril de 2011

Investigación X

Si, estuve.

Eran sobre las once de la mañana, había salido de casa como a las diez y media. Los vagones de metro circulaban casi vacíos y en las estaciones la espera se hacía eterna. Lo que habitualmente en días laborables son dos o tres minutos entre convoy y convoy, ese día se habían convertido en seis u ocho

En la calle el día lucía precioso y la temperatura, aunque un poco fresca a esa hora de la mañana, era un aliciente más para salir a caminar o simplemente a tomar el aire, disfrutar de ese aroma especial que tienen los días de fiesta, o en mi caso, para ir en busca de aventuras. Y vaya si las encontré.

Llegué al portal de Bruselas 4 sin un plan preestablecido para introducirme en el edificio, me encontraba bien, tranquilo, relajado, en la absoluta certeza de que nadie me podría descubrir. Me puse a echar un vistazo a la botonera del portero automático para elegir a qué vivienda iba a llamar. Descarté la consulta del Dr Donoso y, evidentemente, el 2º A. De repente sentí un 'clac' seguido de ruido, como el de un zumbido grave y fuerte. Era el resbalón de la puerta que había retrocedido y que dejaba mi paso hacia el interior del edificio a un solo empujón de una de sus hojas. El ruido del timbre cesó en un par de segundos, en cuanto empujé la puerta y pasé.

Seguí mi plan y subí por las escaleras hasta llegar al descansillo de la segunda planta donde elegí la puerta que daba al pasillo de acceso a la vivienda de la letra A. Allí estaba yo, con el ascensor a mi espalda y una puerta de aspecto robusto y elegante frente a mí.

Atornillado en la puerta, un poco por debajo del nivel de mi vista había un letrero metálico, dorado y bien pulido, en el que podía leerse en letras grandes y negras: EXPO ANGL. Solo, nada más.

Pero si, había algo más. Había algo grabado en la placa, en la parte inferior, con letras muy, muy pequeñas. Era casi imposible de leer, más aun con la poca luz que había, pero al pasar mi dedo índice por esa zona corroboré que sí,  había algo grabado.

Llevaba un rotulador verde en el bolsillo, le quité el caperuzón y froté su punta blanda sobre la zona donde al pasar el dedo había notado el relieve, eran unas pequeñas incisiones. Esos mínimos surcos se llenaron de tinta dando contraste a las letras sobre el dorado de la placa. Ya se veía claramente que se trataba de una inscripción. Aunque aun no podía leer nada.

Saqué mi teléfono móvil y lo apunté sobre la zona del grabado a la vez que acercaba mis ojos. Por fin, conseguí leer:

Eres especial, uno entre cien millones de seres humanos. Puedes y debes entrar. Pasa, todo está a tu disposición.

Y justo en ese momento, como si alguien hubiera estado observandome, la puerta se abrió sola. Con un "clic" parecido a cuando la secretaria del Dr Donoso me abrió la puerta de la consulta. Era el segundo resbalón que hoy retrocedía para darme paso.

Empecé a sentir los latidos de mi corazón, comenzaba a acelerarse. La verdad es que no sentía miedo, pero estaba absolutamente dominado por la emoción. Sentía algo parecido al vértigo.

Empujé la puerta hasta abrirla casi del todo. En primer término pude ver un pequeño distribuidor con dos puertas. Una a la derecha, cerrada, y otra de frente, abierta y por la que se distinguía algo de luz.

Me dirigí hacia esa puerta, la que estaba abierta, y la atravesé. Me encontré en una amplia salita de aproximadamente cuatro por seis metros. A la derecha había un pasillo y de frente unas cortinas que dejaban pasar algo de luz, algo del sol que brillaba en la calle. Me acerqué y con ambas manos las descorrí, lo que provocó que una tormenta de luz inundara la habitación, de golpe. Me di la vuelta mientras mis ojos se acostumbraban a ella. Los objetos de la salita se iban perfilando ante mi vista y de repente... la vi. Estaba sentada en un taburete con la parte superior del cuerpo derramada sobre una gran mesa redonda, o quizás ovalada, no se. Tenía los brazos doblados por los codos y separados a ambos lados de la cabeza, las manos abiertas con las palmas boca abajo sobre la mesa. Era ella, tenía que ser ella, con su cuerpo recto y su tronco corto, sin caderas, ni cintura, ninguna curva moldeaba su cuerpo y esos cabellos largos, pero no demasiado, duros, espesos, de color dorado, apelmazados y sin brillo que la tapaban la cabeza.

Me acerqué, no se movía. La dije ¡hola!, en un tono fuerte, casi gritando. Nada, no se movía, no reaccionaba ante mi voz. Me acerque aun más con mi brazo extendido hasta que, al intentar dar un suave toque en su hombro, mi mano se hundió en su cuerpo.

Sí, mi mano se hundió en su hombro, traspasando su carne y sus huesos como si de aire se tratara, bueno, en realidad lo que noté fue un líquido espeso, untuoso y fresco, algo que nunca había sentido.

martes, 19 de abril de 2011

Investigacion IX

Así que, ... "EXPO ANGL".

Vaya, algo a lo que agarrarse, algo con lo que continuar. Entro en Google y escribo "ANGL", pocas pistas. Una empresa colombiana que se dedica a producir eventos como banquetes, fiestas, audiovisuales, etc... y una cadena de ropa en el área del sur de California "ANGL Clothing Stores". Bueno, no me rindo, ahora tecleo "EXPO ANGL" y... nada, absolutamente nada, como Google es muy listo me saca, así, por su cuenta, unos cuantos "expo angel", pero claro no es lo mismo. Por un momento me hace dudar, pero no, lo que estaba escrito era ANGL, no ANGEL, estoy absolutamente seguro.

Guía telefónica, me acuerdo que aun existe, Páginas Amarillas, bueno pues allá voy. Nada, no hay nada en Madrid con ese nombre.

Decepción. 

No me va a quedar más remedio que ir allí, al piso y enfrentarme a lo que sea, directamente, sin pistas previas.

Se me ocurre ¿y si voy un día festivo?, evidentemente no habrá nadie, por lo que no podré llamar al timbre y que me abran, pero bien es cierto que al no haber nadie tampoco podrá descubrirme. Así puedo hacer una incursión por la zona, explorarla.

En las guerras, cuando iba a haber una batalla, a los generales de los ejércitos creo que les gustaba visitar el lugar de la confrontación. Así podían ver los detalles, si había hierba, si estaba muy alta, si había muchas piedras, la vegetación, los árboles, los olores, en fin, identificarse con el lugar sobre el que iban a desarrollarse sus órdenes. Lo mismo ocurre con los equipos de futbol cuando van a jugar un partido muy importante fuera de casa, intentan entrenar, aunque sean sólo unos pocos minutos, en el lugar donde más tarde van a jugar, identificarse con el terreno de juego, el escenario.

Me parece una buena idea y decido que me voy a acercar el próximo viernes, que es fiesta.

Quiero hacer constar que esta mañana otra vez nos hemos encontrado. Yo bajaba las escaleras mecánicas de la estación de mi barrio y, en contra de lo que hago habitualmente, me he quedado parado uno de los escalones dejando que me llevaran. Delante de mí bajaba una chica andando y mientras lo hacía tapaba el objeto de mi investigación, cuando lo ha sobrepasado me he dado cuenta de que estaba allí, como yo, dejándose arrastrar. Al observar, de espaldas, su poco agradable figura, me he preguntado ¿Cómo es posible que alguien con un aspecto tan neutro y vulgar me haya llamado la atención hasta este punto? Gracias a mi inmovilidad he podido mantener la distancia y fijarme en sus formas, en su vestir, en su imagen desgarbada y anodina, tranquilamente, sin ser observado, aunque sea de espaldas, cierto que me he sentido un poco cobarde por ello.

El resto es la historia de casi siempre, excepto cuando contactó conmigo en el vagón. Hoy he salido yo antes. Mira que he subido despacio las escaleras, pues nada, cuando he llegado a las mecánicas del segundo tramo, he visto que se había retrasado y ahí estaba, al fondo, acababa de finalizar su tramo de mecánicas, caminando hacia mí al fondo del pasillo, estaba más lejos que yo de este segundo tramo. Me ha visto, estoy seguro, y ha escondido rápidamente la mirada hacia un lado, pero, de pronto, en una décima de segundo, ha debido cambiar de opinión y la ha vuelto de nuevo hacia mí, me ha mantenido la mirada y ¡ha sonreído!, juraría que me ha dedicado una sonrisa burlona, lo juraría... pero no puedo estar seguro porque he acelerado el paso para tomar primero el siguiente tramo de escaleras. Ahí ha acabado todo.

¿Es posible que todos los días nos encontremos por azar? 

El próximo viernes, preferiblemente por la mañana, estaré en la calle Bruselas, en el número cuatro, veré como consigo que me abran la puerta y subiré al segundo piso. Subiré por las escaleras y bajaré en el ascensor. Veré si hay azotea por si necesitara esconderme... en fin exploraré el escenario, su escenario.

miércoles, 13 de abril de 2011

Investigacion VIII

Son las 6.10 de la tarde y estoy enfrente de la puerta del Dr. Donoso con el dedo índice de la mano derecha a diez centímetros escasos del botón de llamada del timbre de la casa.

Hoy, al salir de trabajar me he dicho: se acabó, voy a acercarme para ver si compruebo donde trabaja.

Así que aquí me encuentro delante de la consulta del alergólogo esperando poder  avanzar en mi investigación y de paso, quizás también consiga, que se resuelvan mis problemas de rinitis alérgica, quien sabe...

Por fin hago sonar el timbre y la puerta se abre.

- Buenas tardes, pase.

Una voz femenina sale de dentro de una bata blanca de donde salen también dos piernas, dos brazos y una cabeza con rubios cabellos.

-Siéntese.

Me tomo la orden como una sugerencia y me siento en un sillón a la vez que doy las buenas tardes a una pareja joven y a una anciana que están esperando en la consulta.

La recepcionista se ha sentado para descolgar el teléfono que sonaba insistentemente.

Dudo durante unos instantes si ponerme los auriculares del mp3, pero decido que mejor no lo hago para poder oír cuando me llamen para pasar a la consulta.

La chica de recepción habla alto y tiene una voz aguda lo que me hace pensar que es imposible que alguien que hable con ella guarde algún secreto. Ahora mismo está hablando con alguien al que dice a grito pelado:

- ya puede venir cuando quiera a que le vacunen

- si, ya no hay problema, ayer lunes lo arreglaron, han sido más de dos semanas sin ascensor…

¡Cáspita!, o sea, que el ascensor estaba estropeado... o sea, que no es que subiera las escaleras andando porque fuera al primer piso...
¡Puede que se dirigiera a cualquier otro piso de la casa!

Pego un salto del sillón, me dirijo hacia la puerta y me voy sin despedirme. Tendré que esperar a otro momento para que alguien me solucione mi rinitis.

Todo se me ha venido abajo, otra vez tengo que empezar, otra vez tengo que  esperar a que coincidamos una mañana y seguir sus pasos sigilosamente hasta el portal, ¿y luego? Esta vez me descubre. ¿O quizás ya me ha descubierto? Porque yo creo que se huele algo... el contacto del otro día en el vagón del metro creo que no fue fortuito...

La sed que tengo me lleva a la cafetería que hay a la vuelta de la esquina, antes de llegar a la boca del Metro. Un lugar agradable y tranquilo por cuya puerta paso todos los días, dos veces, y en el que entro por primera vez.

Hay una barra a la izquierda y mesas a la derecha. Huele a sandwich a la plancha, o sea, a margarina derretida por el calor. Odio ese olor. Casi al fondo, allí está, con su aspecto anodino y vulgar, tomando un café. Creo que no me ha visto. En unas décimas de segundo decido dirigirme hacia allí, a su lado. Casi rozo mi codo con su brazo, mi corazón palpita más fuerte. Me ha costado, ha sido un esfuerzo emocional, he entrado en su zona vital y tiene que haberse dado cuenta, es imposible lo contrario. Pido un cortado aunque sea lo único que me falte para ponerme como una pila, aunque realmente ya estoy así, como una pila de 12 voltios. Pensar eso me tranquiliza. De repente se mueve, se va, se aleja de la barra, veo como se dirige hacia una puerta que hay al fondo y que tiene un rotulo en la parte de arriba en el que se lee "ASEOS". Abre la puerta y desaparece de mi vista. Encima de la barra de la cafetería hay un montón de sobres al lado de la taza del café que se está tomando. No veo lo que está escrito en ellos. Me tengo que acercar y cuanto antes lo haga mejor, pues no tardará mucho en salir. Hago un esfuerzo mental y me acerco, sin disimular, que es la mejor forma de no dar el cante. En el primer sobre está escrito: "EXPO ANGL" C/ Bruselas, 4 - 2ºA Madrid. Ya está. Todo yo se relaja.

Vuelve a la barra, su brazo y mi brazo se tocan. Se toma de un trago lo poco que queda en la taza. Se dirige hacia la puerta de la calle, pero antes ha dicho un "adiós" que siento que se me clava, pues diría que va dirigido a mi, ¿o no?. Sinceramente, a pesar de lo anodino de su voz, me estremezco.

Después de tomarme el café, salgo a la calle y pienso que he avanzado mucho. Tendré que pensar cual va a ser mi siguiente paso.     

viernes, 1 de abril de 2011

Contacto VII

 Llevamos tres días, tres mañanas, viajando juntos. Vagón línea 10, transbordo, vagón línea 7, hall de salida. Luego en la esquina nos separamos. Unas veces salgo antes yo, otras no.

Es más, hoy estaba como esperando a alguien en la calle, en nuestra boca de Metro, la de nuestra casa, yo creo que era una pose. Por supuesto me ha visto.

He entrado y me he parado en el hall de entrada para comprar un metro-bus en la máquina expendedora. He tardado un rato porque, no se porqué, me he equivocado al marcar el número secreto, sí, eso que los que viven al norte de México maman PIN. 

Cuando he llegado al andén acababa de llegar un convoy y me he subido en él, no en la puerta habitual, sino en la primera que he visto al bajar las escaleras. Luego he ido caminando por el vagón para posicionarme en la zona en la que suelo ir, el tren ya estaba en marcha y cuando estaba atravesando una de las zonas de torsión, posiblemente provocado por una curva no tomada a una velocidad conveniente -siempre digo que los conductores del metro deberían entender que no transportan ganado-, hemos chocado, de frente.

- Disculpe.

- Lo siento.

He oído su voz, no muy agradable por cierto, más bien neutra, tampoco horrible. Y he percibido su olor, inodoro, no utiliza colonia, no huele bien ni mal. Tan gris como aparenta.

Emoción, eso es lo que he sentido.

Yo creo que me esperaba, lo que no se es si el contacto ha sido provocado o fortuito, pero...

Por supuesto hemos ido juntos hasta nuestra separación habitual, yo he salido después y he visto como se perdía bajando por la calle Bruselas.

viernes, 25 de marzo de 2011

Investigación VI

Tarde lluviosa, gris claro, lo que indica que las nubes no son demasiado espesas, pero con esa llovizna constante que acaba empapando todo y que, según dicen algunos, tan buena es para las plantas.

Salgo de trabajar y me dirijo a la boca del Metro, mi camino de vuelta a casa. Hoy no es muy tarde y pienso en mi investigación. Decido acercarme al portal en el que perdí su pista ayer por la mañana.

Diviso a lo lejos el portal y me doy cuenta de que lo normal es que esté cerrado. ¡Vaya! tendré que llamar a algún piso para intentar que me abran. Me acerco, subo los cuatro escalones que separan el portal de la calle y comienzo a mirar los botones del "portero automático". Hay cinco pisos y dos letras por piso, A y B. En el marco de la derecha hay una placa dorada que indica "Dr, Donoso - Alergólogo / 1º B". Esa es mi solución, llamar al alergólogo y que me abran. Pero cuando mi dedo índice de la mano derecha está a punto de pulsar el botón del primero B, escucho una voz a mi espalda que me dice.

- Deje, no se moleste, ya abro yo, va al alergólogo ¿no?

Es una señora completamente cargada de bolsas de la compra que, después de dejar descansar algunas de ellas en el suelo, abre la puerta.

Por supuesto la sujeto la puerta para que pueda pasar y a continuación paso yo.

Me deja un poco perplejo la confianza que esta señora ha depositado en mí, porque podría ser desde un ladrón, pasando por un violador y hasta un asesino en serie. Pero luego me acuerdo de lo que dice mi amiga Milagros.

- ¡Ay hijo! si con el aspecto que tienes es imposible que nadie pueda desconfiar de ti.

En realidad cuando me lo dijo no supe si tomármelo como un cumplido ó directamente mal, pero en cuanto me puse a pensar porqué, rápidamente lo dejé, porque tengo cosas mucho más importantes en las que pensar. Pero, es cierto, algún día tendré que dedicar un ratito a pensar porqué una frase como esa me pudo molestar...   

La señora se para delante de uno de los ascensores que hay al fondo, el de la izquierda, deposita las bolsas en el suelo y pulsa el botón de llamada.

Mientras tanto yo me dirijo a las escaleras del fondo y subo al primer piso. Me encuentro con un cuadrado descansillo en el que hay una puerta a la derecha y otra a la izquierda, todo muy feo, gris y algo desconchado, el suelo de terrazo blanco y negro horrible. No hay indicaciones en absolutamente ninguna puerta. Me vuelvo y veo que hay dos puertas de cristal a ambos lados de la escalera. Abro la puerta de la derecha y me encuentro con un ascensor a mi izquierda y una puerta a mi derecha con un rotulo que dice "Dr. Donoso". Vuelvo al descansillo y abro la otra puerta de cristal. Exactamente la misma distribución espejada pero sin ningún cartel.

Vale, puedo suponer que trabaje con el Dr Donoso, o no. Pero lo que es casi imposible es que sea su paciente, no puede ir todos los días a visitar a su alergólogo ¿no?

Por hoy ya he investigado bastante, me vuelvo a la calle y me dirijo a la boca del Metro, como todos los días.

jueves, 24 de marzo de 2011

Investigación V

Ayer salí detrás, para ello tuve que disimular, me paré en el hall de la estación para ponerme muy despacio la gabardina y anudarme la bufanda, ese tiempo permitió que me adelantara y saliera a la calle por delante.

Cuando torció por la calle Bruselas, se detuvo delante del escaparate de una tienda oriental de esas que se dedican a vender abalorios y cosas que no sirven para nada. Se mantuvo delante del escaparate el tiempo suficiente para que yo tuviera que pasar de largo, y eso que anduve extremadamente despacio.

Yo creo que se ha dado cuenta de mi actitud persecutoria.

Hoy, tres cuartos de lo mismo, en el transbordo se monta en una puerta más atrás que la mía, en el mismo vagón, y cuando llegamos, sale y recorre el andén para salir por las escaleras mecánicas de la parte delantera. Yo me las he apañado para retrasarme mucho más, subiendo por las escaleras de la parte de atrás, pero teniendo mucho cuidado de no quedarme demasiado retrasado y perder su pista.

Una vez en la calle me he apostado en la esquina de la calle por la que tuerce siempre y he asomado la cabeza disimuladamente de vez en cuando para seguir sus pasos. Ha bajado la calle Bruselas y he visto como torcía a la izquierda por el jardín de hace unos días, hoy no se ha parado en los escaparates.

En ese momento he salido a paso ligero, casi corriendo, hacia esa zona ajardinada. Es una calle, una calle interior de la urbanización de edificios. He llegado justo a tiempo de ver cómo entraba en el primer portal de la derecha, he acelerado el paso y, a riesgo de ser descubierto y concluir aquí toda esta investigación, he posado mi frente en el cristal de la puerta. Me ha dado tiempo a observar cómo subía a pie las escaleras del fondo. No ha cogido el ascensor, eso es una pista, más cuando es alguien que toma las escaleras mecánicas todos, absolutamente todos, los días. No se donde va, pero está en el primer piso de ese edificio.

Bueno ya se algo más.

jueves, 17 de marzo de 2011

Adaptación

Las personas, cuando sufrimos un revés, una agresión, no nos acostumbramos, costumbre no es la palabra, sino que con el paso del tiempo nos adaptamos, esa SI es la palabra, ADAPTACION.

Durante el proceso de adaptación muchas cosas cambian, no solamente nosotros.

La adaptación consiste en que cambiamos para adecuarnos a la nueva situación que se generó trás la agresión. Puede tratarse de un cambio de costumbres, de actitud, de ideas, etc..., pero nuestro cambio arrastra, sin quererlo, al de algunas cosas que hay a nuestro alrededor, las hacemos cambiar nosotros, no deliberadamente, sino como parte de un proceso vital.

La situación de lo que nos rodea ha cambiado, hay un antes y un después.

Al cabo de algún tiempo, y a consecuencia de nuestra adaptación, nos sentimos mucho más confortables y, si el revés no ha sido muy importante ó grave, puede ser que hasta nos olvidemos de él.

El cambio en el entorno que nos rodea permanece y quizás eso sea una venganza contra el que nos ha agredido.

Porque posiblemente ese cambio que se ha producido, que hemos generado en nuestro entorno para sentirnos cómodos en nuestras nuevas circunstancias, se haya vuelto contra él.

Sin embargo nosotros somos más fuertes.

Quien sabe, quizás la vida sea sabia y se vengue de los agresores. 


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Ha entrado en mi mismo vagón, en la puerta de al lado de la que yo utilizo todos los días. Se ha sentado. Antes de que el tren llegara a nuestro destino se ha levantado y ha ido caminando, con el vagon en marcha, hacia la cabecera. Siempre sube por las escaleras mecánicas que están en cabecera, como casi todo el mundo. Yo utilizo las que hay en cola, aunque tenga que subir a pié, hay mecanicas pero son de bajada, puedo subir con tranquílidad, sin aglomeraciones.

¿Me estará siguiendo?

Esta vez he subido muy despacio para no adelantarme. Pasando por el hall hemos salido a la calle. Yo seguía detrás. Ha vuelto a torcer por la calle Bruselas pero, aunque no he podido verlo bien -no quería pararme a mirar- ha bajado por la acera de la derecha. En ningun momento ha cruzado de acera, o por lo menos yo no lo he visto.

¿Se habrá dado cuenta y querrá darme esquinazo?

Tengo que pensar qué voy hacer la próxima vez.

martes, 15 de marzo de 2011

Acrónimos (MC, MC y MC)

Me cabrea, me cabrea y me cabrea, tiene ese don.

El proximo día 26, después de la cumbre europea en defensa del euro, el Sr Zapatero ha convocado a los dirigentes de las 44 mayores empresas españolas. El día siguiente, nada más volver, para tenerlo fresquito, para que no se le olvide nada. Se lava los dientes, se pone la chupa y ale! a ver a los directivos (que no empresarios).

Incido en lo que he dicho ya muchas veces en este blog, si esto es democracia que venga el diablo y se lo lleve.

No, el Sr Zapatero no se pasa antes por el parlamento, ni da un discurso a la nación, no, únicamente lo dicho.

Un dirigente socialiasta (¿qué será eso?) y de "izquierdas" llevandonos a todos de la mano hacia la dictadura de las sociedades anónimas dominantes.

Es que donde esté el neoliberalismo...

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Hoy he salido del metro por el lado de la derecha, he seguido sus pasos, ha torcido por la primera bocacalle, se llama Bruselas, y ha bajado unos 80 metros para perderse de mi vista en una zona ajardinada que hay a la izquierda. No he podido ver donde entraba... quizás otro día... pero tiene que ser con mucho sigilo, disimuladamente.

jueves, 27 de enero de 2011

Línea 10 (+)

Esta explicación es la que primero se me pasó por la cabeza, de una forma clara pero etérea como sucede con todos los pensamientos que van circulando por nuestra cabeza espontáneamente, sin casi darnos cuenta, porque nuestro cerebro nunca puede estar en reposo. Lo único que he intentado hacer es traducir a palabras esos pensamientos.

Explicación:

Se trata de una mujer hundida en el desánimo y en el aburrimiento a causa de una relación y una convivencia que no le aporta nada, que no le satisface nada, que no le ilusiona nada. Atrapada en y por esa relación porque no encuentra salida. O quizás porque en su inmenso aburrimiento ni siquiera la busca, vive en la desidia de no querer pensar en nada que tenga que ver con ello. Solo inmersa en el sufrimiento que le proporciona el aburrimiento, que le amarga la existencia, pero a la vez acomodada en él.

El hombre, que es binario para los asuntos del cariño como somos casi todos, es su pareja. No entiende la situación, piensa que no va todo tan mal como en realidad va para ella. Posiblemente ni es consciente del daño que la está haciendo y no entiende su actitud, su amargura, su aburrimiento.

Puede ser una relación acabada y por supuesto sin cariño, mantenida sólo por una convivencia interesada por parte de él y por una falta de iniciativa por parte de ella.

miércoles, 26 de enero de 2011

Línea 10

Dedicado a una amiga que seguro que sabe porqué.

Linea 10, Metro de Madrid, estación Begoña, primera hora de la mañana, sobre las 07.45, una mujer entre 42 y 47 años no muy agraciada, andares desgarbados, seria como va casi todo el mundo a esa hora de la mañana pensando en lo que le ha pasado el dia anterior o lo que le espera este nuevo dia o cualquier problema que tenga, cambia a linea 7 en Gregorio Marañón, desciende en Parque de las Avenidas y se dirige hacia la calle por las escaleras mecánicas, al llegar al hall de entrada toma la salida de la derecha. Se acaba la descripción porque yo tomo la escalera de la izquierda.

Esta imagen se repite con frecuencia, no todos los días, desde hace muchos meses, con suficiente frecuencia para que inconscientemente se haya grabado en mi cerebro.

Cambia la situación. Esta mujer lleva tres días haciendo parte de su trayecto acompañada de un hombre de una edad aproximada a suya. Un hombre gris, mucho menos serio que ella, con mirada serena, algo risueña aunque dista bastante de serlo. Cuesta trabajo imaginar que van juntos puesto que no se hablan. Una relativa proximidad física y quizás alguna mirada pueden denotarlo. Pero van juntos. Noto en la actitud y sobre todo en el rostro de la mujer una seriedad especial, distinta de la anterior, como de hartura, de amargura, quizás de enfado. El hombre baja del vagón aun en la linea 10, antes que ella cambie a la 7. Cuando el se va, no se besan, ni siquiera se dicen adiós, apenas se miran, bueno, quizás él si desvia su mirada hacia ella antes de bajar del vagón.

¿Qué sucede? Sería un reto para mi poner en marcha mi imaginación para encontrar un porqué.

Quizás lo haga. O no.