domingo, 1 de diciembre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 3.





Con las primeras luces del día miró a su alrededor dándose cuenta de que no sabía cuándo iba a volver, es más, ni siquiera sabía si volvería, iba de exploración, había muchas montañas y muchos picos que recorrer y si encontraba otro lugar en el que vivir con menos problemas, se quedaría.

Comenzó su recorrido en sentido contrario al que hubiera tomado para ir a la meseta, pretendía dejarla lo más lejos posible. Las zonas altas, las cumbres, eran todas muy parecidas, unas con más roca, llamadas riscos, y otras con menos, pero todas tenían algo en común, escasa y pobre vegetación, ratones, culebras y poco más. En algunos riscos grandes había grietas algo profundas donde establecían sus nidos los buitres, que sabía que eran fuertes y peligrosos, alguna vez los había visto cazar en la meseta, eran capaces de levantar en  vuelo pequeñas gacelas, además había visto sus fuertes y afiladas garras y sus puntiagudos y desgarradores picos. Nada, imposible atreverse ni con ellos ni con sus crías, eran muy vengativos.

El primer día subió y bajó diez montañas sin encontrar ninguna víctima. El segundo día, incrédulo, volvió por sus pasos y de nuevo subió y bajó las diez montañas del primer día. El tercer día hizo el mismo recorrido que el primero y sí, encontró algo, un puerco espín que nada más verle se hizo una bola adoptando su postura defensiva. Durante el cuarto día encontró un pequeño río, entre la cuarta y la quinta montaña, que transcurría con gran fuerza. Allí se quedó aunque tenía previsto subir y bajar dos más.

Pensó que en ese río podía haber peces, no le gustaban mucho, pero cazar alguno podía calmar sus ansias. Quizás también podría encontrar alguna rata de agua o un castor o un mapache. Hacía frío y el agua estaba helada, a los felinos no les suele gustar mucho zambullirse pero Kruon era atípico y no solo no le importaba sino que le gustaba. Desde la orilla veía grandes peces moviéndose por las transparentes aguas. El fondo del río estaba cubierto por grandes lanchas de piedra y muchos y multicolores cantos rodados. Se metió sigilosamente en el agua pero aún así los peces, truchas debían ser, pensó, desaparecieron instantáneamente. Decidió quedarse quieto con las patas en el agua para ver si los peces se confiaban y comenzaban a salir de nuevo. Debió pasar mucho tiempo pues le comenzaban a doler las extremidades, y de repente apareció lo que estaba casi seguro que era una trucha, muy grande, esperó que pasara por delante de él y se lanzó a por ella sacando sus garras y juntando sus patas traseras para el salto. Llegó a tocarla pero el pez se le escurrió dejando a Kruon completamente sumergido en el agua, cuando logró sacar la cabeza vio como la trucha se había dado la vuelta y le miraba mofándose de él, o al menos era lo que interpretó en aquellos momentos. Lleno de rabia saltó de nuevo sobre el pez que se le escapaba continuamente en cada salto y en cada zarpazo. Le persiguió por el río sin parar, durante decenas y decenas de metros, saltando de piedra en piedra y sorteando troncos caídos. Iba con la mirada fija en la trucha, encelado, sin darse de cuenta de nada más, cuando de repente vio como su presa saltaba al vacío. Alzó la vista y solo veía cielo. Muy asustado intentó frenar pero, entre el fuerte impulso que llevaba y que se encontraba sobre una grande y resbaladiza lancha de piedra, no pudo parar y cayó al vacío varios metros que a él le parecieron decenas, notó una sensación de vacío en el estómago y finalmente se golpeó contra unas grandes raíces de madera que se extendían sobre una gran charca de aguas muy verdes. Se hizo mucho daño, estaba muy asustado y le dolía mucho el lomo, aunque podía haber sido mucho peor.

Allí se quedó, varias horas, inmóvil, sobre las raíces, sin moverse, estaba cansado y había pasado mucho miedo. Primero se levantó sobre sus patas delanteras y no sintió gran dolor al estirarlas, luego hizo lo mismo sobre las traseras, eso sí que dolió,  y con esfuerzo caminó lo suficiente para apartarse del agua y encontrar un sitio seco y resguardado del viento. Allí pasó la noche.

Por la mañana le despertaron los dolores y al intentar estirarse sintió un fuerte dolor en el lomo y también, aunque menor, en las patas, sobre todo en las traseras. No podía continuar así su viaje, así que decidió quedarse donde estaba, en su imprevista guarida, detrás de unos troncos caídos entre los que había muchos matorrales.

Todos los días, recién despertado intentaba estirar sus miembros para comprobar el nivel del dolor y la posibilidad de caminar. Cada día mejoraba algo, o al menos eso era lo que le parecía, pero cada día también notaba más debilidad , porque llevaba mucho tiempo sin cazar y por lo tanto sin comer. Un día probó unas hormigas que pasaron cerca de su boca, le bastó estirar la lengua, pero lo único que pasó es que le provocaron arcadas.

Una mañana, oyó unos ruidos cerca que le pusieron alerta y a la defensiva, no movió ni los párpados para no hacer ruido. Podía ser una presa y podría intentar capturarla y así saciar su hambre. Se acercaba. Por el ruido y la cadencia de sus pisadas tenía que ser grande y pesado, eso le desanimó, no estaba en condiciones de enfrentarse a algo así. De repente pudo divisar entre las ramas cómo un animal grande se ponía a dos patas buscando algo en la parte superior de un arbusto cercano. Intentó levantar un poco la cabeza para poder ver algo más. Efectivamente, era grande y peludo, debía tratarse de un oso, un animal que no había en la meseta. Una vez estando con la manada vieron uno cerca del valle, pero después de observarlo bien Taor decidió que se dieran la vuelta, por lo que pensó que debía tratarse de un animal peligroso, como los lobos.

El oso estuvo un buen rato allí, cogiendo lo que fuera que estaba buscando, y se fue como vino, sin ningún sigilo. Kruon no movió ni un pelo, se mantuvo tan quieto que al verse libre de lo que consideraba una amenaza se relajó y se dio cuenta que tenía todo el cuerpo entumecido. Se percató de que partir de entonces debía mantenerse vigilante.

Después de transcurridos varios días notó que bajaron tanto los dolores que ya le permitían reanudar su camino. Con mucho esfuerzo subió a la rama de un árbol para probar su estado de forma y constató que sí, ya podía seguir su camino, pero con mucho cuidado porque se sentía enormemente débil. ¡Ahora tendría que alimentarse!


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019





martes, 5 de noviembre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 2.





Kruon durmió aquella noche allí mismo, en la orilla, muy cerca del agua, escuchando los aullidos de los lobos y los rugidos de los leones. Estaba solo, no resistiría el ataque de cualquiera de las dos manadas por lo que tendría que mantenerse alejado de ellos.

Caminó sin rumbo varios días hasta que llegó a un lugar en el que pensó que se podría quedar a vivir, pues se sentía a salvo. Era la cumbre de una de las montañas que rodeaban el hermoso y verde valle, el pico Tormentoso. Era un lugar rocoso, seco e inhóspito donde solo crecían hierbas, pequeños arbustos y líquenes. Pero había conejos, ratoncillos y culebras con las que poder alimentarse en caso de necesidad, además siempre había agua, pues había neveros perennes.

A las pocas semanas su espíritu sanguinario le mordía interiormente, una comezón interior que le iba devorando sin pausa el corazón, estaba inquieto, rabioso. Tenía que salir a probar de nuevo el olor de la sangre.

Desgraciadamente para sus habitantes, llegó a hacerse famoso en el valle. Durante sus bajadas esquilmaba los rebaños de ovejas y cabras dejando decenas de ellas muertas tras su paso. La gente de los pueblos adquiría grandes perros pastores para cuidar los rebaños, pero Kruon acababa también con ellos, solo le ayudaban a saciar aún más su crueldad.

La gente en el valle estaba muy preocupada y asustada y realizaron batidas en busca del tigre, pero nunca conseguían dar con él, su guarida se encontraba en un sitio muy poco accesible e inesperado.

Así que con el tiempo se dieron cuenta que su única defensa consistía en construir enormes establos donde dejar los rebaños por la noche y estar permanentemente vigilando durante el día,  a su lado, armados con escopetas cargadas y preparadas para disparar.

De esta forma las batidas de Kruon por el valle comenzaron  complicarse mucho, no conseguía víctimas fácilmente y además alguna vez le pasó una bala demasiado cerca.

Kruon se fue haciendo cada vez más astuto pero también aún más amargado y cruel. Sus salidas eran cada vez más frecuentes y arriesgadas, sus víctimas cada vez eran menos y por lo tanto su nivel de ansiedad hacía que a veces le pareciera que iba a explotar. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? A la meseta no podía bajar pues le esperaba la muerte o atacado por Taor y su manada o por los ataques de leones y lobos. Se dio cuenta que su única salida era cambiar de guarida, explorar la cadena montañosa que rodeaba al valle y de la cual el pico Tormentoso formaba parte. Decidió que eso sería lo que haría, sin perder tiempo, a la mañana siguiente.




© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019




viernes, 25 de octubre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 1.




Erase una vez un ancho y verde valle encajado entre altas montañas por el que transcurría un río de aguas transparentes, lleno de truchas y de cangrejos y bordeado por verdes praderas adornadas con flores rojas, blancas y amarillas.

En el fondo del valle, abrazado por un bosque de abetos, había un rancho por el que pasaba el río y en el que había una bonita casa rodeada por una cuidada y protectora cerca de madera y cuyas ventanas, todas, estaban adornadas con visillos blancos y rojos, y con una chimenea que siempre expulsaba un humo ligero y blanco. La casita  estaba construida con troncos de madera, lo mismo que el establo anexo donde dormía la vaquita más feliz de este cuento y que se llamaba Fernanda.


El dueño del rancho, de la casa y también de  la vaquita se llamaba Fernando y era un joven pelirrojo y alegre que vivía de la miel de las diez colmenas, repletitas de abejas, que había en el rancho y que cuidaba con todo su cariño.

A Fernando le gustaba mucho pasear por el bosque. Coleccionaba hojas, que metía entre las páginas de los libros, y cogía frutas silvestres y setas. Mientras tanto, Fernanda mugía toda contenta por el prado esperando la vuelta de su dueño.

En el bosque también vivía un oso de color pardo muy grande, fuerte y bonachón que se llamaba Fernandoso y al que no le importaba compartir las bayas y frutos silvestres con Fernando.

Fernandoso disfrutaba escondido observando a Fernando en sus recorridos por el bosque. No sé atrevía a dejarse ver, era prudente y algo tímido. Temía a los seres humanos, su instinto se lo marcaba, pero no era solamente eso, pensaba que si aparecía podía asustar a ese humano joven de pelo rojizo que con tanto respeto paseaba entre los abetos y los arbustos.

A veces se acercaba a los límites del bosque, sin llegar nunca a  penetrar en el valle, siguiendo su curiosidad y chapoteando por el río para no dejar huellas, y observaba la casa y cómo la vaquita Fernanda no paraba de comer, sin levantar sus morros del suelo durante momentos muy largos.

Este hermoso valle tenía muchas decenas de kilómetros de largo y  acababa en una amarilla meseta que acompañaba al río antes de llegar al mar. Allí vivían manadas de animales de muchos tipos: conejos, corderos, cebras, caballos, gacelas, camellos, lobos, leones y tigres entre otros muchos.

La vida en la meseta a veces era cruel pues no todos los animales comen hierba, hojas o bayas para sobrevivir. Hay animales, que se llaman carnívoros, que necesitan alimentarse con la carne de otros animales a los que tienen que cazar. Un ejemplo son los tigres.

En la meseta vivía una manada de tigres que cazaban cebras, gacelas y corderos. Solo para alimentarse, era una ley que cumplían todos los miembros de la manada. Cuando tenían hambre se juntaban las cazadoras y los cazadores y salían en busca de una pieza para alimentar a la manada.

Todos salvo el sanguinario Kruon, que estrangulaba tantas gacelas como podía solo por mero entretenimiento. Kruon era un tigre joven que fue regañado y castigado múltiples veces por Taor, el jefe de la manada, antes de ser expulsado por cruel y reincidente. Taor se lo dejó muy claro.

-     No vuelvas Kruon, ni te acerques a menos de un kilómetro de cualquier miembro de la manada, porque si lo incumples iré a buscarte con todos los cazadores y cazadoras y acabaremos contigo sin piedad.”

La respuesta de Kruon fue abrir las fauces enseñando sus grandes colmillos y rugir desafiante a Taor, pero no se atrevió a más, se dio la vuelta, bajó la cabeza y se alejó, despacio pero sin parar. Anduvo muchos kilómetros, se hizo de noche y llegó a un ancho río en el que bebió y se bañó para aplacar su rabia.


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019



2017, un día de verano.




Hace un buen día de verano, estamos en Julio pero el sol no abrasa nuestra piel, ni ciega nuestros ojos, ni aplasta nuestra actividad vital hacia una oscura cueva. Todo eso ya sucedió en Junio. Está siendo un año extraño, aunque, ahora que me fijo, todos lo son, todos son distintos y en algún momento sucede algo climatológicamente exagerado. Además, los medios de comunicación lo exageran más,  tienen que rellenar papel o minutos y lo hacen de la forma más sencilla para ellos, la más vaga, sin sentarse un tiempo a pensar, a meditar o a investigar, haciendo el menor esfuerzo físico y mental. Si hace calor (mucho calor) en Junio, pues se dedican a gastar muchos minutos en ello. Entrevistas, reportajes actuales e históricos, debates con participación de pseudo-expertos, exposición de toda clase de criterios que apuntan a la teoría del Calentamiento Global, etc... Con la cantidad de cosas que hay sobre las que informar, que denunciar... En fin...

Pero mi climatología particular, la íntima, anda en estado de vigilia, de guerra, de resistencia. Luchando contra las ondulaciones bajas de la sinusoidal de la vida, en estado de «aguantar», sin saber lo que va a pasar mañana pero sabiendo que existe una probabilidad alta de que no sea bueno, de que sea irreversiblemente malo, o no. 

El único consuelo es la tranquilidad de ánimo y de conciencia. De que estás intentándolo, haciendo lo que puedes, esforzándote física, mental y emotivamente.

Ya no sé si deseo que llegue mañana o no, aunque da igual, porque llegará.  Pero expresa mi  estado de ánimo. Por otro lado creo que en el fondo, aunque intente animarme, no tengo esperanza de que suceda algo positivo,  aunque lo deseo fervientemente. En fin, todo esto es muy complicado y por tanto confuso.





© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2017

La entrada




Mira, allí está, ¿la ves? la entrada por la que volvíamos mi hermano y yo a casa, llevábamos más de treinta cabras. Estábamos cansados de todo el día caminando al sol o al frío. Y también hambrientos, pero era verla y ya estábamos bien. Pasábamos por debajo de ese gran arco de piedra, no sé si alcanzas a verlo, los del pueblo lo llamaban "la arcada", desde aquí no se ve bien, pero es de piedra gris, muy rara por aquí, según dicen la construyeron los romanos. Pronto llegaríamos a casa donde nos esperaba comida y descanso. Y lo más importante, nuestra madre. Ya ves, ahora pienso que éramos felices. ¡Mira!, ahí a la izquierda, ¿ves un grupo de construcciones de adobe? Pues detrás de ellas está mi casa. Desde la arcada no se tarda nada. Mañana te la enseñaré.

El sol aún no era visible, pero un enorme resplandor entraba e iluminaba el valle desde detrás de las lejanas montañas. Enfrente el pueblo. En el centro, el minarete, ahora callado, se mantenía impolutamente blanco, como si no hubiera pasado nada. Se veía una gran humareda por el flanco derecho, que formaba una espesa nube negra que el viento alejaba dejando todo el cielo manchado. Por allí estaban la escuela y la herrería, Allí era donde se habían hecho fuertes los derrotados. Se oía el graznar de unos cuervos y nada más.

Espero que no quede ninguno. Que los que hayan podido se hayan ido y los que queden, o estén muertos o no puedan combatir.  Ya verás, como esa inmensa y fétida nube negra nos quemará las gargantas pronto. Entraremos por donde sale la humareda, no te quepa duda. Qué silencio, ¿quedará alguien? Noto frío, hace unas horas era más intenso, ahora esta pócima me calienta las manos y las tripas. Pero tranquilo, que dentro de muy poco podremos dormir, aunque muy probablemente la tensión no lo permita, pero cerraré los ojos y nuestros cuerpos descansarán, ya verás como sí. Seguro que el sargento nos dice que está vacío, que no queda nadie. Ojala. Si es verdad todo irá bien, y si no, un día más. No hay que pensar en nada solo ir decididamente y entrar, con el fusil por delante, el dedo en el gatillo y mirando hacia todos los lados. Está noche he oído muchos gritos, terribles, de mucha gente, a pesar del ruido de las explosiones, ¿tu no? Luego han cesado las explosiones y el eco de las voces, de los gritos, se mezclaba con ruido de camiones. ¿Crees que habrá quedado alguno?

Adar sentía miedo, la conversación con su compañero era pura evasión, había que intentar no quedarse solo, nunca, podía ser la puerta de entrada a la depresión. La incertidumbre siempre hacía derivar los pensamientos hacia el porvenir más oscuro imaginable.  Y sentía esa incertidumbre que siempre había estado ligada a la historia de su pueblo, en todo momento dominado por otros, siempre viviendo en la inestabilidad. Su familia vivía allí desde tiempos remotos, nunca fue fácil para ellos, primero los turcos, los ingleses echaron a los turcos, después llegaron los franceses y finalmente los chiíes del sur, que llamaron a su nueva nación Siria. Tenía familia al norte, en Turquía, y aunque no los conocía sabía de su existencia por su padre que una vez le había enseñado una fotografía de sus dos hermanos rodeados de sus familias. En fin. Lo había conseguido, estaba allí y tenía esperanza de que una vez llegara a su casa conseguiría alguna pista para poder encontrar a su madre y sus hermanos. Un negro pensamiento pasó por su mente, lo desechó rápidamente. Estado Islámico había llegado al pueblo hacía más de siete meses y la única esperanza de que su familia estuviera bien es que hubieran huido rápido. En cuanto se enteró se unió a la milicia. No fue fácil.

¡Ejder! ¡Corre! ¡Ven! -Una columna de carros con la bandera de Estados Unidos se acercaba hacia la base de la columna de humo.- ¿Los ves? Si ellos llegan antes y toman el pueblo será más fácil para nosotros. 

Pronto sonaron disparos y algunos gritos, luego el silencio solo alterado por voces en un idioma extraño, el resto del día nada. Podía esperar a que su unidad avanzara hacia el pueblo o acercarse él solo por su cuenta. Sentía ansiedad por llegar a casa, por entrar al pueblo. Los americanos ya estaban allí, seguro que lo habían tomado y acabado con toda resistencia, no debería haber ningún peligro. El día pasó lento pero tranquilo, su unidad no se movió de donde estaba, pero no consiguió dormir.

Ejder, me voy, no espero más. Voy a entrar por la arcada, de allí a mi casa no hay más de doscientos metros. Sí, sé que piensas que es peligroso, pero no, me identifica mi guerrera kurda. Voy a ir desarmado, de nada me va a servir el fusil contra nuestros aliados. Me voy, te espero allí.

Al sol solo le quedaban cinco centímetros por encima del horizonte, el rojo dorado predominaba abajo, en la tierra, arriba el cielo era azul oscuro con deshilachados girones negros y rojos. Adar avanzaba a ritmo lento pero con largas zancadas hacia la entrada, con los brazos extendidos, en cruz, las manos completamente abiertas, enseñando las palmas. A pesar de la poca luz del anochecer, aún se divisaba la arcada. Unas voces gritaban desde lo alto de una casa a la derecha. No entendía que querían decirle. Aminoró su marcha y les gritó "Soy Adar, soy kurdo y solo quiero ir a la casa de mis padres". Las voces cada vez gritaban más. Adar sonrió y volvió a gritarles lo mismo. Estaba debajo del arco de entrada a su pueblo. De repente oyó un silbido de bala. 

Abrió los ojos y con esfuerzo comprendió que eso que veía era la oscuridad del cielo estrellado. Y había algo más, era como un puente curvo de piedras grises que atravesaba el cielo de lado a lado. 

Y allí, en la entrada, bajo la arcada, chilló. Pero no de dolor, sino de desesperación.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019










jueves, 21 de marzo de 2019

Aromas





 Hora del aperitivo, un gran bullicio en la taberna, Emilio "El Maño" acaba de ponerme un mínimo vaso de (muy poco) vermut con (mucho) sifón, me encanta el olor.

      - Maño, ¡pon una banderilla al niño!

El vermut me lo tomo porque si no no hay pincho, ese es mi secreto. Emilio, un tipo elegante con su pelo pegado con brillantina y su camisa blanca increíblemente blanca y su corbata a juego con su franca sonrisa, coge de una fuente, que en ese momento yo no alcanzo a ver, un palillo en el que hay pinchado en este orden un berberecho, una aceituna y un trocito de pimiento rojo. ¡Qué olores! La sonrisa del Maño es tan elegante como él.

Loli y Alfonso hablan con Lola a gritos y entre risas. Mientras, Ana Mari, mi amiga del alma, me mira con un gesto típico suyo, con su sonrisa tierna y bonachona. Está muy contenta. Yo también.

Subí las escaleras no precisamente despacio, ¿cómo estaría la casa? En 2004 quedó muy bonita, su trabajo me costó y su buen dinero les costó a mis padres. Mi madre había dicho que esa casa vacía no servía para nada, que había que arreglarla un poco y alquilarla, había que haberlo hecho ya en 1984.

¿Es posible que una madera con tantos años y tan desgastada tenga el mismo olor que hace cincuenta y cinco? ¿Ayudará la legía de tantos miles de fregados? Esos aromas de una vida tan distinta, tan pasada... Fue un instante olfativo mientras sonaba el chirriar de los peldaños bajo mis pies.

En cuanto tuve un rato hice cuentas, yo entonces estaba enamorado del excel, casillas que se rellenan con números y que después se manejan a tu antojo consiguiendo conclusiones impensadas cuando comienzas y que si quieres pueden ser tan falsas como los mundos paralelos. Mi conclusión fue que se podría amortizar en, como mucho, seis años. Se lo dije a mi madre para animar a mi padre, a ella no le hacía falta. Mi cometido sería controlar la obra y el presupuesto.

El tiempo pasó y ahora el dueño de esa casa era yo. Me sentía solo. Siempre me pregunté cómo sería tener hermanos y siempre, desde que primero olía y luego me zampaba las banderillas de "El Maño", me pareció lo mismo, que nunca lo sabría. Como todo en la vida tendría sus cosas favorables y sus cosas desfavorables. Qué más da. Las cosas son como son y así debemos vivirlas. Nunca mis pensamientos sobre ello duraron más de 2 minutos. Salvo los días posteriores a la muerte de mi madre.
Con esa sensación de soledad llegué al tercer piso, curioso, allí estaba parado el ascensor. Abrí las puertas, necesitaba olerlo. Igual. ¿Fruta, puerros y aceite de engrasar?

Volví a cerrar el ascensor y al girarme me encontré ante esa puerta con mirilla circular que siempre me recordó, con acierto, una caja abierta de quesitos de El Caserío. Ahí, noté una sensación interior a la altura del corazón, quizás un poco más abajo, una palpitación un poco más rápida y fuerte de lo normal.

Desde el balcón de la habitación de mi abuela veo la calle Argumosa, es otoño, me encanta ese balcón con geranios colgados a ambos lados de la barandilla. Salgo fuera. Como muchos otros días de buen tiempo me paso muchos minutos allí con una libreta negra en una mano y un lápiz en la otra. Pinto un palote más en la línea de los Seat 600. Después pasan 4 motocarros seguidos. Al cabo de otro rato invento el palote  cruzado al divisar a lo lejos el quinto motocarro. Otras veces no anoto marcas, sino los colores de los coches. Finalmente cierro el recuento y pongo la fecha. Mi afición posterior por el excel viene de ahí.

No consigo recordar si ganarían los 600, los motocarros, los camiones o las DKV. Qué putada el binomio memoria-tiempo.

Noté el peso de la puerta al abrirla. El suelo de parquet de la entrada estaba bastante bien. En 2002, cuando comenzó la obra, no se ponía tarima flotante. La heroína hacía algún tiempo que había abandonado la plaza de Lavapiés y el barrio, lleno de inmigrantes y viejos, comenzaba a ser colonizado por gente joven y alternativa.

Pepito, ahora José Luis, el Sele para mi, ha venido a casa y soy feliz, muchas veces me ha comentado que él también lo era. A petición suya voy a la habitación del fondo, la que da a la calle Salitre, y vuelvo con una caja de cartón grande. Pepito se coloca en un extremo del pasillo y yo en el otro. El suelo no es de madera, está frio y nosotros llevamos pantalón corto. Cada uno colocamos nuestros castillos de corcho, pero es a él al que le ha tocado comenzar a disparar las balas rojas de madera desde el cañón enorme del mismo material. Mete la bala, tira de la bola que hay en un extremo comprimiendo el muelle interno del cañón y cuando está a punto de soltarla yo me aparto para que no me dé.

Avancé por el pasillo, ese olor no era el mío. Eran los olores de otra gente de muchos días, de, imagino, buenos, malos y regulares momentos. De gente joven, más que yo, que decidió vivir en ese ruidoso barrio sin importarles no tener aire acondicionado, sin molestarles el ruido que sube de las terrazas en verano, con los balcones abiertos para poder respirar un poco. Otro tipo de vida, del siglo veintiuno.

Estoy en la cama, mis padres, mi tía y mi abuela deben estar dormidos. Mi ventana está abierta, no hace frío y es posible que en realidad haga bastante calor.

En el silencio de la noche oigo golpes lejanos del palo del Sereno y las voces de Gloria, Aurea y Vicenta. Salvo alguna broma, o alguna discusión, hablan en voz muy baja. Debe ser tarde, no sé lo que dicen, aunque si lo intentara creo que podría descubrir muchas cosas, pero no, es como una música de fondo para mí. Están sentadas en sillas de madera a la derecha del portal, delante de la puerta de la frutería cerrada, o no, quizás la parte derecha del cierre esté medio subida para que vuelvan a casa las dos primeras, mientras la segunda volverá a la portería por el portal. Yo no me enteraré de nada porque estaré dormido.   

Avancé por el pasillo y llegué a la zona noble, las dos habitaciones del chaflán. La de la izquierda la han usado como dormitorio, al igual que mis padres, se notaba perfectamente, habían dejado un antiguo mueble destartalado de Ikea. La de la derecha, tenía las paredes un poco más manchadas, la usaron como comedor y cuarto de estar. Habría que pintar, bueno, imagino que cuando se van los inquilinos de una casa siempre hay que pintar. Fueron buena gente, siempre treintañeros, de la primera mitad de la treintena, me di cuenta entonces. Unos se iban y otros venían, cambiábamos el contrato incluyendo un nuevo anexo. Siempre quedó Marta, era como si se mantuviera de guardia para no perder el castillo.

Mi madre me da siete cincuenta y bajo las escaleras de madera corriendo, de dos en dos, cruzo la calle y me meto en la heladería (luego se llamó Royne). Huele a vainilla pero a  mí me gusta la nata, sin embargo la solución de compromiso en casa son los "tres sabores" y de eso es lo que pido una barra, y no se me olvida pedir los barquillos. Si no se les pide siempre se les "olvida". Dejo el olor a vainilla y vuelvo a casa sin las siete cincuenta pero con el postre dominical de mantecado de nata, chocolate y vainilla. ¿Qué pensará mi padre? Pero eso lo pienso ahora.

Salí a la balconada del chaflán, que compartían el dormitorio de mis padres y el comedor de los sillones de orejas, de las comidas de domingo, del mueble bar con anís, coñac, ron Negrita, Tío Pepe y vermut, de los cajones donde mi madre escondía el chocolate y a mí me daba igual, de las noches de Nochebuena y Nochevieja, con mucha gente, muchos vecinos, mucho turrón, mucha alegría.

Y vi que enfrente ya no estaba la casa de comidas económicas Soidemersol, no me había fijado en la calle. El local estaba pero ya no se llamaba así. Ahora tenía el nombre de un lugar del siglo veintiuno y mis olores eran del siglo veinte.    



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019




sábado, 22 de diciembre de 2018

La luz de la Navidad





Nació muy, muy, muy lejos. Era tan ligero que no pesaba nada, pura energía. Era asexual al igual que  sus cientos de miles de billones de hermanos y tuvo una muy larga existencia. Vivió experiencias increíbles a nuestro entendimiento.

Realizó un largo viaje hasta llegar a su destino y cumplir con la misión para la que había nacido. Muchos de sus hermanos se quedaron por el camino, otros pasaron de largo y otros salieron en otras direcciones y consiguieron también otros importantes objetivos.

Aunque ninguno tan importante como el suyo.

Después de muchos cientos de años, más de un millar, finalizó su existencia en la frente de un pequeño que acababa de nacer y se encontraba rodeado de paja dentro de un pesebre justo en el momento en que se arrodillaban delante de él tres monarcas cargados con oro, incienso y mirra que acababan de llegar montados en camellos y siguiendo el rastro de millones de hermanos suyos.

Mucha gente habla de los Reyes Magos pero nadie lo hace de Paraver, el primer rayo de luz de la Estrella de Oriente que iluminó la frente del niño Jesús.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2018
  
  


martes, 27 de noviembre de 2018

Escenas de boda


Primera.


Una mesa redonda de ocho, me gustan, casi todos nos vemos las caras con facilidad y a los que menos ves es a los que tienes a los lados que, casi siempre, al menos uno, van contigo y no te importa porque te los tienes vistos y oídos. Como mi buen amigo Pedro.

Ya había sucedido casi todo y cogí el tenedor de Pedro para acabar con mi tarta. No me gustan las bodas pero menos las tartas de las bodas. Esta era especialmente desagradable. Mientras el sucedáneo de nata se me pegaba al paladar, el señor de enfrente, grueso de grandes rojos mofletes, tosió con fuerza. Al  levantar la cara pude observar como la novia cortaba en pequeños trocitos, encima de la mesa, unos calzoncillos a lunares. No sé si detesto más la tarta o estas cosas,  ¡encima de la mesa! Espero que no fueran los que llevaba puestos el novio.

De repente un gran estruendo llenó la sala y me hizo pegar un bote sobre la silla. El sonido rebotaba en paredes, techo y suelo de forma desconcertante. Miré hacia todos los lados con inquietud. Sí, allí, en una esquina, el hombre orquesta, frente a un teclado que emitía todo tipo de tonalidades estruendosas a través de unos grandes altavoces que tenía a cada lado. Era un pasodoble, quizá torero.  

Ella bailaba sola, no tenía ni ida de quien era, pero muy atractiva, piernas largas, no demasiado delgada y una forma de moverse que no me permitía mirar hacia otro lado. Hasta que justo por delante pasa bailando el padre de mi cuñado con una señora muy delgada que le sacaba diez centímetros y con el cuello y la cabeza tan estirados que parecía que el  moño iba a tirar de ella hacia el suelo.

La señora que estaba al lado del gordo tosedor levantó su copa de vino y brindó por los novios y por la salud, esperé que fuera la de todos, que levantamos nuestras copas, la mía vacía, no me quedaba nada, y asentimos con entusiasmo. Los dos niños que había junto a la pareja de mi izquierda protestaron lloriqueando que ellos también querían brindar pero no tenían copa. Todo era muy bonito, quizá demasiado, pero la felicidad tiene esas cosas.

Propuse a Pedro que nos acercáramos a pedir una copa a la barra improvisada que habían colocado al lado del hombre orquesta.

Mientras caminábamos hacia nuestras copas Pedro tuvo el honor de recibir un fuerte patadón del novio que pasaba por allí bien amarrado ¿a la novia? no, a mi hermana. Es lo que tiene no controlar bien el pasodoble. Pedro hizo todo lo posible por apartarse y no recibir la agresión fortuita de la espalda del recién casado y lo único que consiguió fue recibir el tacón de su zapato en su espinilla y empujarme a mí. Pero ese empujón me arregló la noche ¿a que no saben por qué?


Tercera.

Habría unas ochenta personas en una sala rectangular bastante grande. Siete mesas circulares rodeaban a otra un poco más grande en la que estaban los novios y su séquito.

Rosa sentía una gran emoción, de nuevo libre. Nada de malos rollos, nada de reproches. Se había reencontrado con la alegría. La semana anterior se había comprado un vestido sencillo pero que le sentaba muy bien según sus hermanos. Se sentía volar.

Estaba en paro y había tenido que ir a vivir de nuevo con sus padres, pero esperaba que todo se arreglara pronto desempolvando y ajustando un poco sus habilidades en italiano. Hay cosas que nunca se olvidan, aunque esperaba que no fuera así porque había algunas que no quería recordar.

La boda de Laura era el primer evento público al que asistía, había pasado unos meses muy malos. No dormir cansa pero peor es la depresión que te lleva a ello. No ver salida a nada y dar vuelta sobre vuelta, mentalmente, a esa falta de salida. Esa esfera de oscuridad marrón color mierda que no te deja pensar en ninguna otra cosa ni sentir un atisbo de esperanza. 

Había contado con la ayuda de su familia y de sus amigos, entre ellos Laura a la que era incapaz de reconocer cuando la veía cortando en trocitos unos calzoncillos a lunares rojos que le habían pasado de la mesa de Rita y Jorge. Lo que hace el alcohol, y eso que aun no había comenzado la fiesta.

Sintió una considerable falta de peso y sus pies comenzaron a volar cuando comenzó a sentir la música. El Gato Montés, un pasodoble torero de buena faena.

De repente se encontró, sola, en medio de la pista improvisada de baile, con su cuerpo absolutamente suelto al ritmo de la música y una amplia sonrisa en su cara, que se encontró con la de Laura que le envió un gran beso que salía de su boca y era amplificado con un gesto de su mano mientras bailaba con su recien estrenado marido.

No pensaba, sentía, sentía, sentía, solo eso, sentir, ¿qué?, alegría.

Al finalizar la música y aun sorprendida por su estado de inhibición volvió a su mesa para beber algo, tenía sed.

-    Juan Antonio, ¿y mi copa de vino?
-    Se la han llevado
-    Bueno, me acerco a la barra a por otra.

Mientras caminaba rodeando el espacio de baile vio como el novio había cambiado de pareja, ahora bailaba bien amarrado a Rita, tuvo que dar un pequeño rodeo para que no ser arrollada, pero de repente sintió un fuerte empujón en su costado…


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2018
   
   
  
   
   

sábado, 3 de noviembre de 2018

Oh cultas palabras 1. PARADIGMA.



PARADIGMA

Del latín tardío paradigma, y este del griego παράδειγμα parádeigma.

1. (masculino). Ejemplo o ejemplar.

2. (masculino). Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento. El paradigma newtoniano.

3. (masculino). Linguística. Relación de elementos que comparten un mismo contexto fonológico, morfológico o sintáctico en función de sus propiedades lingüísticas.

4. (masculino). Linguística. Esquema formal en el que se organizan las palabras que admiten modificaciones flexivas o derivativas.


PARADIGMA DERIVATIVO

1. masculino. Gramática. Conjunto de palabras que comparten la misma raíz.


PARADIGMA FLEXIVO

1. masculino. Gramática. Conjunto de formas que se obtiene con las variantes flexivas de una palabra; p. ej., alto, alta, altos, altas.


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viernes, 19 de octubre de 2018

Nuestro gozoso capitalismo



Sale una sentencia del Tribunal Supremo por la que los bancos tienen que pagar los impuestos de las hipotecas.

Todos aquellos que tengan una hipoteca concedida desde 2014 tienen derecho a reclamar a los bancos la devolución de esos impuestos. Son los únicos ciudadanos que van a ganar algo en todo este asunto.

Los bancos no se quejan, dicen "ooooh, si lo hubiéramos sabido antes".

Las acciones de los bancos caen ayer con fuerza en la bolsa.

Y me apuesto la luna, y tengo la seguridad de no perderla, a que los bancos van a subir alguna de sus comisiones, posiblemente las de las hipotecas, y si no cualquier otra, u otras.

Además, los bancos, tendrán una nueva disculpa para despidos masivos de sus trabajadores.

¿Quien va a pagar los impuestos de las hipotecas? los de siempre, aunque, eso si, quien va a "hacer el ingreso" es el banco.

Mientras, los ahorradores de clase media, muchos de ellos tienen aciones de bancos, pierden de media un 6% de sus ahorros.


Esto es el capitalismo señores.

El Estado somos todos, hasta los bancos, eso sí estos últimos solo a la hora de los beneficios, no de las pérdidas.

Por eso el PP y Ciudadanos se echan las manos a la cabeza cada vez que un partido de izquierdas dice que van a subir los impuestos a las grandes empresas. Porque, dicen, van a hundir la economía y el empleo. Y es cierto gracias a nuestro gozoso capitalismo.

¿Qué es lo más perverso de todo esto? Pues que las políticas de los bancos las dirige gente que tiene un 15% de las acciones, que es muchísimo dinero. El resto de los pequeños inversores contribuyen, como parte del Estado, a financiarles "su sociedad anónima".

Lo siguiente más perverso, es que esto no solo sucede con la banca, sino con cualquier sociedad anónima de alto calado.

O sea, que lo tengamos claro. Quienes mantenemos el Estado, y todo lo que contiene incluidos los bancos, somos los ciudadanos de a pie.

Esto es el capitalismo, lo que algunos aman.


Ahhhh, y lo más perverso de todo. Los muy pobres deberían ser los que más amaran al capitalismo, porque al menos comen, mierda de los cubos de basura, pero comen.

Y comerán esa mierda eternamente porque siempre serán pobres.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Pensamiento antropológico postvacacional


La Viuda


 La gente es así, como es. 


Pero hay características muy profundas del individuo que influyen decisivamente para que sea así, para que sea como es. 

El individuo puede tener esto introspectivamente claro... o no.

Pero para una correcta convivencia es importante aplicar este conocimiento a los demás.

Eso sí, el "cómo se es" no es inamovible.

Es posible cambiar, evolucionar... o no.

Es obvio que el ser humano es muy complejo.







jueves, 5 de julio de 2018

PALABRARAS (carona)



El viajero regala una carona de almohadilla al burro Gorrión, y el burro Gorrión mueve el rabo, nervioso como un niño, mientras lo visten.

Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela.

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Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española

carona

1. f. Pedazo de tela gruesa acojinado que, entre la silla o albarda y el sudadero, sirve para que no se lastimen las caballerías.

2. f. Parte interior de la albarda.

3. f. Parte del lomo sobre la cual cae la carona de la albarda.

4. f. germanía camisa (prenda interior).


jueves, 24 de mayo de 2018

Komanda


La oscuridad le arropaba. La tierra del  suelo y el frescor de la noche en la piel debieran haber contribuido a tranquilizar esa sensación de estar perdido. Lo mejor era poder estar con los ojos abiertos y no ver nada, no sentir nada, no asustarse por nada, aunque luego, claro, estaría cansado, mejor, el aturullamiento le ayudaría a no enterarse. No saber es mejor que olvidar, o fingir que no se está, que no se hace. Mejor no enterarse. Y no saber si todo va a ser así siempre. Para qué, pensar no sirve, no ayuda y todo lo que no calma es dolor.

En mi casa yo era el encargado de ir a por el agua, el río no estaba lejos pero había días que tenía que ir hasta cuatro veces, ya que aún no tenía edad para acompañar a mi padre a Komanda como lo hacía mi hermano mayor. Mis hermanas, todas menos Huakalu, la pequeña, hacían unos collares y unas pulseras que vendíamos en el supermercado. Una vez, el encargado, Tom,  les regaló una botella de refresco de lima y mi padre y mi hermano la trajeron a casa. Mi madre vació la botella en el vaso y probamos todos, estaba dulce y tenía un sabor muy suave. El tapón era azul brillante con el dibujo de un águila en blanco, rojo y un poquito de amarillo, nos enamoró a todos y lo sorteamos, me tocó a mí y lo guardé en mi bolsa y la escondí, nunca lo había hecho hasta entonces. Nuestra vida era sencilla y tranquila, no voy a decir que fácil porque trabajábamos mucho. Solo a veces nos llegaban noticias de gente armada que cruzaba la frontera desde Uganda.

Por la mañana era distinto, tenía que abrir los ojos, cerrados de madrugada porque el derrumbamiento llegaba en forma de sueño, y levantarse agotado. Lo primero asegurarse del cuchillo, lo tenía siempre pegado al costado izquierdo, atado con la cuerda, su gran preocupación en la vida despierta. Hacía poco a Kubwa se lo habían quitado, al menos eso dijo él. Ese no sería su caso, podrían arrancárselo, pero nunca se lo quitarían sin pelea, tampoco lo perdería, siempre alerta. A continuación salía de la cabaña con los otros, ahora ocho, a formar, ojeó alrededor, no lo vió, intentó no pensar en ello. El sol pegaba directamente en su cara por lo que sacó su gorra y se la colocó. Tenía hambre, pero había que esperar. Olía a madrugada y a humedad, el miedo no huele, ni se ve. Los golpes sí, aunque la piel sea negra, tienen un color más oscuro y especial.

Mwongo siempre me quería cambiar mi tapón por cualquier cosa, era tonto y cabezota ¿Cómo iba a cambiar mi tapón por una piedra? ¿o por una pezuña de okapi? Insistía continuamente, y me resultaba pesado, pero era un buen tipo y su padre tenía tres búfalos, un macho y dos hembras.  Algunas veces me había dado un poco de leche de la que le daban a él. Si alguna vez me hubiera ofrecido una búfala, es por lo único que le hubiera cambiado mi tapón. Él también era el encargado de ir a por agua al río y muchas veces íbamos juntos o nos encontrábamos por el camino. Vivía con su familia detrás de la colina Ukapo y para ir a por agua tenía que pasar por delante de mi casa. Soñábamos con poder ir un día  al supermercado de Komanda y ver las latas de alubias y los refrescos y las bolsas de patatas fritas. Mi padre me había dicho que en cuanto cumpliera los catorce podría alternarme con mi hermano, pero a Mwongo el suyo nunca le había dicho nada, aunque lo tenía más difícil, sus tres hermanos mayores cerraban su paso, seguramente a él no le bastaría con esperar dos años, le tendrían reservadas otras tareas. Su padre con el búfalo cargado con la leche del día anterior se dirigía casi a diario hacia el mercado de Komanda, aunque muchos días no llegaba porque la iba vendiendo por el camino. ¡Ay Komanda! con el supermercado y sus puestos de fruta y de baratijas, nos llamaba, tiraba de nosotros con una fuerza emocionada.

Aquel día, les tuvieron formados durante mucho tiempo, olía mal, sus estómagos necesitaban comida y sus intestinos soltaban gases, nada anormal. Siempre les daban un líquido oscuro con un olor muy fuerte, pero que estaba caliente, y un trozo de mandioca frita, era el gran momento previo a conducirles al claro de la selva. Por el camino, cada muy poco, tenía que pararse para quitar piedras de sus sandalias, pero rápido, corriendo a la pata coja luego, por detrás el tío del parche en el ojo iba soltando correazos, al menos hoy había sol. Llegó un tipo con una gorra de general y unas botas altas y relucientes, se colocó delante de ellos y les dijo que el futuro de la libertad estaba en sus manos y su sacrificio y que espabilaran o no verían el mañana. La sonrisa del instructor, el que se llevó a Kubwa dos días atrás, fue un signo evidente de que el gordo de las botas era alguien importante. Tenía que olvidar, nadie se había llevado a nadie, porque todo aquello, el gordo, el del parche, el instructor, los otros, el desasosiego que hacía temblar sus muslos, nada de eso existía, quizás sí el trozo de mandioca que le echaron a continuación en el plato.

Encima de la mesa había una tela, Mrembo la miraba y la acariciaba, ¿qué haces? no contestó, creo que ni siquiera me oyó, la cogió con  las dos manos, la desplegó al aire e hizo un movimiento como si calculara su peso, asintió y sonrió, aunque no abiertamente. Al echarla sobre sus hombros una corriente de aire llegó hasta mí con el aroma de mi hermana mayor, entonces miró hacia la puerta y me vio, ¿qué diablos haces ahí! A mi me interesaban otras cosas, mi mundo era mi casa, el río, el supermercado, mi tapón, Mwongo y mi familia, a la que veía siempre como algo no individualizable. No contesté, me di la vuelta y me fui, pero esa reacción de Mrembo me hizo pensar. Después, también su actitud.

Eran las primeras horas en ese mal sueño, estaba llorando, muy asustado, más que ahora, las hormigas corrían por todo su cuerpo dando de vez en cuando algún mordisco en su piel y Kubwa apareció de un empujón en el suelo, a su lado. Le abrazó tapandolo, era muy grande y gordo, y más que su tamaño y sus carnes le sorprendió su forma de llorar y de gritar. Sus lágrimas se secaron de golpe al intentar abarcarlo en un abrazo protector que nunca pudo cerrar. A partir de ese momento se apoyó en él ofreciéndole su protección y  obteniendo a cambio la fortaleza que le otorgaba esa situación. Kubwa intentaba seguirle a todas partes y él intentaba protegerlo.

Mwongo me contaba historias sobre leones que se acercaban a su casa a la caída de la tarde y cómo a menudo tenía que salir con un palo a espantarlos porque a sus hermanos mayores les daba mucho miedo. La del cocodrilo que una vez se comió el botellón de plástico que llevaba para portar el agua y cuando ya iba a por él, con la boca tan abierta que podía habérselo comido mientras corría, de repente, cogió un enorme palo del suelo y se lo colocó verticalmente entre las fauces. Era un embustero, un enfermo de la imaginación. Aguantaba porque en el fondo me divertía, pero cuando ya se repetía demasiado, o simplemente no estaba de humor, me paraba delante de él cortándole el paso, acercaba mucho mi cabeza a la suya y le miraba muy serio a los ojos y sin palabras le decía ¿te crees que soy tonto? Al cabo de unos segundos, que imagino que a Mwongo le parecerían horas, me daba la vuelta y le decía cualquier cosa, -qué buen día hace, ¿eh Mwongo?-. El efecto duraba uno o dos días, no más. Era muy insistente.

El terror le inundó, Mwongo estaría cerca, quizá se habría subido al baobab. La oscuridad no le dejaba entender con claridad lo que estaba pasando, pero no era bueno. Brutales voces con manos le sujetaban las piernas y los brazos. Terror. Un golpe le hizo dar con la cabeza en el suelo. Dolor. Y luego oscuridad, tacto de tela basta, oscuridad y golpes, ruidos, golpes, más oscuridad, oscuridad total.

Un gran dolor por todo el cuerpo, mucho miedo, no puede mover los brazos, algo aprieta sus muñecas en la espalda. Intenta moverse pero es difícil, casi imposible porque sus pies están atados también. Miedo, huele mal, es él, tiene los pantalones manchados y húmedos, miedo. ¿su padre? ¿sus hermanos? Oye voces que se acercan. Miedo. Así mucho tiempo, entre mordiscos de hormigas, llanto y ratos de inquieto sueño y pesadillas. De repente alguien empuja a un chico que cae de golpe a su lado.

¡Tai! ¡Tai! ,se despertó, la devastación de su conciencia le creaba una sensación de ahogo en el pecho, de temblor en las piernas y desasosiego en la cabeza. Tras quizás varias horas de shock había bajado del árbol y había caminado hasta su casa, al pasar por delante del establo oyó el ruido del badajo, el búfalo le había detectado. No comentó nada a su padre ni a sus hermanos, le daba vergüenza, y ahora daba un gran rodeo para ir a por agua. Tai ocupaba constantemente sus pensamientos con vergüenza y culpa.

Komanda, por fin nos decidimos. Los botellones con agua escondidos cerca del río. Posiblemente se nos haría de noche al volver, pero en ese momento daba igual. Era nuestro primer contacto con la gran libertad, esa sí lo era, no la del gordo. La libertad es algo elegido, no impuesto. ¡Si hubiéramos tenido alguna moneda...! O algo para cambiar, no mi tapón, eso nunca. ¡Cómo disfrutamos! Sobre todo en el  supermercado, lo recorrimos varias veces y en varias ocasiones. También los puestos de carne, las cabras y las gallinas. Las herramientas, los neumáticos, los botellones de plástico para llevar el agua. De vuelta se nos hizo de noche y aún teníamos que recoger los bidones con el agua. Mwongo, ¿qué vas a decir a tu padre?, vamos a llegar muy tarde. ¡El gran baobab!, ya queda menos. Tai, tengo que defecar, sigue que luego te cojo. Ruidos, gente que se acerca.

Por fin llegaron al campo de instrucción, encima de la gran mesa no estaban los cuchillos ni las barras de hierro oxidado, solo una caja negra de cartón en la que estaba escrito con letras muy grandes y blancas: NIKE. Les dijeron que se pusieran a su alrededor, Barn, el instructor del parche en el ojo se introdujo dentro del círculo dando un empujón a varios muchachos, se acercó a la mesa y abrió la caja. Todos estaban expectantes, la curiosidad podía a su miedo. Con la mano izquierda y de un potente movimiento sacó una pistola negra, que les pareció enorme, manteniéndola apuntando al cielo mientras su mirada bidimensional y sin perspectiva se plantaba en todos y cada uno de sus ojos. Su cabeza giraba hacia ambos lados con la expresión de un orangután enfadado.

¡Ahora vais a aprender a manejar esto!

Una vez les hubo enseñado la forma de quitar el seguro y montar el arma, llamó a uno de los vigilantes y les ordenó que trajeran tres pistolas más. Les dividieron en cuatro grupos y les llevaron al otro lado del claro de la selva. Tenían que salir corriendo individualmente hasta el lado opuesto del campo, donde estaba cada una de las cuatro pistolas sobre el suelo, coger una, quitar el seguro, montarla y con las piernas abierta y los dos pies bien plantados en el suelo disparar hacia la selva. Estas pistolas no estaban cargadas. Repitieron este ejercicio muchas veces hasta que el instructor les dijo que la última vez iba a ser mucho más emocionante, el último disparo iba a ser real.
Cuando le llegó el turno Tai salió corriendo y cuando llegó donde estaba la pistola, la cogió, quitó el seguro y la montó, colocó el codo contra su costado derecho y sujetó su muñeca con la otra mano, todo igual, como las otras veces. Cuando iba a disparar trastabilló perdiendo el equilibrio. El disparo se produjo y el retroceso del arma le abrió el brazo cayendo al suelo de espaldas con fuerza y en una postura muy forzada, su mano derecha ya estaba vacía y la muñeca y el codo le dolían mucho. Lloraba, estaba asustado y el tropel de gritos y golpes provenientes del hombre del parche en el ojo hicieron que perdiera el conocimiento.

El río bajaba revuelto y el agua tenía un color marrón más intenso de lo habitual, estaba decidido a pasar por casa de Tai y contar a su padre lo que sucedió. Mientras contemplaba las pisadas del suelo iba pensando en cómo decírselo y, sobre todo, reforzar su determinación para está vez no desviarse en la bifurcación de la gran encina. Y luego, ¿el padre de su amigo se lo contaría al suyo? todo se iría complicando, su vida nunca volvería a ser igual, siempre estaría marcado por su cobardía, bueno, ya todo era distinto, no hacía falta el conocimiento de los demás, su conciencia le recordaba cada minuto lo que había sucedido. Paró de nuevo a descansar y a lo lejos vio la gran encina.

Vio a Kubwa, o quizás creyó verlo. Le dolían tantas cosas… Qué pasaría si se levantaba, no quería que le golpearan más y eso que ya casi no sabía si notaría dolor. Decidió incorporarse despacio y ver donde estaba y qué había a su alrededor. Una cabaña de palos y paja, redonda, al fondo a la izquierda un montón de excrementos y, más a la izquierda... , la luz no le dejaba ver bien, pero algo le puso en alerta, se levantó todo lo rápido que pudo y se acercó. Sí, no se había equivocado, la cara hinchada y llena de sangre seca y el brazo y la pierna izquierdos en una posición encontrada e imposible. Eso era la explicación a tantos días sin verle. Se acercó a su oreja y gritó en la voz más baja que pudo su nombre. Más veces. No se movía. Salió fuera, el sol estaba bastante bajo, no vio a nadie. Entró en la cabaña de al lado, nada. Caminó con el pensamiento vacío y sin mirada durante un tiempo, sin ver a nadie. Tropezó y cayó varias veces, no sentía dolor, solo cansancio, tampoco miedo. Se encontró con una gran explanada, el campo de instrucción, alguien se había dejado una pistola sobre la mesa.

Estaba entre los arbustos quieto y muy concentrado mirando hacia el río, el botellón en el suelo. ¡Mwongo!, dió un bote y vino hacía mí deprisa, su cara estaba turbada aunque rápidamente sonrió.

- ¡Hola Tai, no te había visto!
- Hola, estabas tan quieto… ¿Qué hacías?
- Nada, ¿Vamos a por el agua?
- Vale, te has dejado el botellón, voy a recogerlo.
- No, ya voy yo, déjalo.
- No, no seas tonto, no me importa.

Me acerqué a los arbustos y al agacharme para agarrarlo del asa, la vi, desnuda, bañándose en el río, realmente producía turbación. Cogí el botellón y cuando llegué donde estaba Mwongo, vi que sus ojos miraban al suelo y estaba muy serio.

- Qué guapa es mi hermana ¿verdad?
- Sí.
- Anda vamos a coger el agua más abajo.
- ¡Vale!, y sí, que sepas que Mrembo es guapísima, cuando sea mayor le pediré que se case conmigo y se pondrá muy contenta y tú y yo seremos familia.

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Llevo mucho rato aquí, pensando, recordando. Hablando a una pistola.
Me he decidido a coger el arma. Quito el seguro, la monto y está cargada.
Me tranquilizo.
Por fin.
Escucho unos gritos que se acercan y unos golpes como de machetes contra madera.
Tengo que darme prisa.
Ya.




© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2018