martes, 24 de marzo de 2020

El ambivalente.





“Ramón tenía una obsesión, quería vivir en un cajón como si fuera un ratón.” Alvarito Grillo.


Había amanecido nublado pero justo en ese momento había comenzado a llover y lo hacía con fuerza, se oía el salpicar del agua al paso de los neumáticos de los automóviles. Ramón encendió la luz para poder ver en el espejo cómo se anudaba la corbata, estaba deseando que llegara la hora. Había quedado junto al embarcadero del estanque de El Retiro con ella, deseaba remar a su lado y quizás, porqué no, esperar que surgiera la posibilidad de empujarla al agua y salir nadando a salvarla o quizá mejor, ahogarla empujando su cabeza hacia abajo hasta matarla.

Dejó de anudarse la corbata arrancándola de su cuello con desesperación, no quería hacer daño a Berta, no quería ni pensar en ello, no quería verla. Se quitó la camisa, se puso el pijama y se tendió en la cama a leer la última edición del diccionario de la RAE. Al cabo de dos minutos se sintió incómodo por el peso del libro y se levantó.

Había dejado de llover. Hacía calor y el sol entraba por la gran ventana del salón. Se sentó en  el sofá y la imagen de Berta con su dulce cara, su pequeño pero firme pecho, sus escuetas caderas y su cardado y fosco pelo le recordó la cita. La amaba, no podía soportar las horas que permanecía alejado de su lado.

Hacía dos meses su amigo Pablo había celebrado con una enorme fiesta su cuarenta cumpleaños. Ramón había llegado tarde por culpa del regalo, no era fácil llevar un ternero de doscientos kilos por las calles de Madrid, en su coche no cabía, así que tuvo que presentarse en la oficina de correos a recoger en persona el animal para llevarlo de la mano hasta la casa de uno de sus mejores amigos. Habría una distancia de unos tres kilómetros más o menos. El problema surgió cuando al llegar a la oficina de correos le dijeron que la entrega estaba retrasada porque el animal estaba sucio y tenían que lavarlo. Ramón puso cara de enfado, pero en el fondo se alegró, estaba contento porque no le gustaba llegar puntual a ninguna cita, a pesar de que la puntualidad era un rasgo que todo el mundo admiraba mucho en él. Cuando a las once de la noche llego a la fiesta, Pablo en persona le abrió la puerta y al ver el regalo se puso a dar saltos de alegría y a abrazarle. Ramón se imaginaba algo así y rápidamente comenzó a clavarle sigilosamente unas agujas en los brazos ante lo que su amigo reaccionó de la forma esperada, le soltó rápidamente. No soportaba el contacto físico sostenido con ninguna persona a la que apreciaba.

En la fiesta había de todo, comida, bebida, música en directo, música enlatada, faquires, domadores de elefantes, nadadores de competición, actrices porno, pastores de llamas de Perú, locos de atar, prestidigitadores y allí, en el fondo de la sala, iluminada por una luz suave de color naranja estaba ella, había comenzado a leer las manos de Pablo cuando les interrumpió su llamada a la puerta. Pablo le condujo a su lado y se la presento. Me llamo Berta, dijo. Yo Ramón y este es mi número de teléfono. No volvieron a hablar en toda la fiesta, pero bailaron mucho y rozaron sus narices en cinco ocasiones. Fueron momentos de enorme emoción para Ramón que se repetirían en su memoria constantemente cada uno de los días siguientes, sobre todo en el amanecer y en el anochecer.

Esa noche llegó a casa bastante cargado, había bebido más de lo que en él era habitual y se sentía mareado, así que cayó en la cama y se quedó dormido profundamente.

La imagen de Berta no se iba de su cabeza, se sucedían los días y no sabía nada de ella. Llegó a obsesionarse de tal forma que se compró varios libros de quiromancia. Leerlos serenaba su espíritu.

Una tarde de finales de abril, mientras Ramón estaba en su casa anotando una transacción contable de doscientos cincuenta mil euros correspondiente a la venta de un rebaño de renos en Alaska, sonó el teléfono, era Berta. Le comentó que se había acordado mucho de él, pero que debido a la gran cantidad de trabajo que había tenido no había podido llamarle antes. Al principio se hizo el loco, como si no se acordara de ella, hasta que en un momento determinado dijo “Ah, ya caigo, tu eres la chica con la que rocé la punta de mi nariz 5 veces en la fiesta de Pablo”. A partir de ese momento estuvieron hablando durante una hora y cuarto de banalidades. Tuvieron que terminar la conversación porque el padre de ella necesitaba hablar por teléfono y no había otro en la casa. Pero antes tomaron la determinación de quedar en el parque de El Retiro el próximo trece de mayo a las ocho de la tarde.

No podía perder esa oportunidad. Dio un salto y se levantó del sofá, tenía que darse prisa, ya eran las seis y media de la tarde, tenía el tiempo justo. Se puso el traje gris marengo con una camisa blanca y la corbata rosa, se había estado fijando mucho en los políticos que esos días estaban en campaña y determinó que los de derecha eran los más elegantes, por un momento pensó que quizás no sería lo más adecuado para un paseo en barca por el estanque de El Retiro, pero fue una minucia que no duró en su pensamiento más de quince minutos porque cuando ya solo le faltaban los calcetines y los zapatos le surgió una cosa que desvió su atención hacia algo mucho más importante que su atuendo.
¿Dónde tenía unos calcetines negros? Dios mío, el tiempo pasaba y él sin calcetines.

Frente a los pies de su cama había una antigua y ancha cómoda de cinco cajones, se acercó para coger un par de calcetines negros que había en el primer cajón, tuvo que rebuscar un poco, pero allí al fondo divisó el par negro, lo agarró con la mano derecha y tiró de él, pero no salían, algo les impedía salir. Acercó la cabeza para mirar y no veía nada que impidiera que los calcetines salieran, pero el caso es que no podía. Empezó a meter la mano para ver si con el tacto conseguía tocar algo que produjera el atasco. En ese momento oyó voces que salían del cajón y vio unos extraños resplandores de color naranja. Metió la mano y el brazo entero y no conseguía llegar al fondo, las voces sonaban cada vez más fuerte y los destellos brillaban intermitentemente con una cadencia constante. Alargó el brazo metiendo el hombro y poco a poco fue introduciendo la cabeza, luego el tronco y finalmente notó que sus piernas se quedaban colgando del vacío, pero en el ultimo tirón se vio completamente dentro de la oscuridad del cajón.

¡Qué había hecho!

 Y ahora ¿Cómo saldría de allí? Cómo se pondría los calcetines que ahora le arropaban a modo de edredón enorme. Comenzó a angustiarse a respirar de forma acelerada. No iba a llegar a tiempo a su ansiada cita.

Cayó hacia el fondo debido a la pendiente del cajón y se dio cuenta de que las voces salían de un magnetófono a casete que estaba encendido y que emitía voces. Los destellos provenían del led de encendido del aparato. La voz era suave y repetía insinuante y repetidamente “rózame con la nariz, por favor, rózame con tu nariz”. Aumentaba su angustia, le resultaba difícil respirar y en la oscuridad y sin intención de hacerlo, introdujo su dedo índice en el agujero de los auriculares.

En ese momento sonó una enorme explosión y vio como se elevaba y como su cuerpo crecía de una forma tan rápida que cuando de repente miró al suelo vio que un pie lo tenía al lado del Monasterio del Escorial y el otro al lado del Palacio de Aranjuez. Se sintió bien, se sintió fuerte, aunque totalmente apesadumbrado por no haber podido asistir a su cita con Berta. Lloró amargamente dándose cuenta que los gigantes también sufren y viendo cómo su lagrimas estaban inundando los pueblos de la periferia y también el centro de Madrid.

Decidió irse al mar a llorar y en cuatro pasos llegó al Mediterráneo y se sentó entre Menorca y Barcelona. Al fin, y después de algún tiempo, consiguió serenarse. Ya más tranquilo divisó a lo lejos la Sagrada Familia y el cartel luminoso rojo que unía sus dos torres delanteras. Vio que podía leerse lo siguiente:

Barcelona, 13/05/2047 19:55:04. Quedan 86.725 minutos para la inauguración.

Al principio no se dio cuenta, pero enseguida detectó algo especial en el mensaje. ¡Había ido hacia atrás en el tiempo! Estaba a cinco minutos de la cita con Berta en El Retiro, aún podía acudir.
Se llenó de felicidad, no le importaba nada, ni su tamaño, ni su ambivalencia, ni sus ideas, nada, solo pensaba en cómo llegar tarde, pero solo unos minutos, el tiempo suficiente para no ser puntual pero no tan largo como para que Berta pensara en el plantón y se fuera.

Decidió dar unas quince vueltas al mundo, lo que estimó que le iba a llevar unos quince minutos. Justo para llegar unos diez minutos tarde, un tiempo razonable.

Por fin llegó al parque de El Retiro y se dio cuenta que algo había pasado en el trascurso de sus vueltas a la Tierra. Su volumen había menguado, ahora tenía una altura igual a la estatua de Alfonso XII que había al lado del estanque. Podía mirar a los ojos al rey, estaban a la misma altura. También se dio cuenta, lo que le tranquilizó, que la ropa había ido cambiando de tamaño con él. Vestía el traje, la camisa blanca y la corbata, eso le daba seguridad, porque aunque un poco mojado todo, tenía una apariencia correcta para la cita con su amada.

Allí abajo estaba, tan guapa, tan correcta, tan delgada, tan cardada. El corazón de Ramón comenzó a latir mucho más fuerte, acercó con suavidad y dulzura su dedo índice a ella y con la máxima suavidad, casi susurrando, le dijo: ¡Berta! Soy yo, Ramón. Cuánto he tenido que pasar para estar aquí contigo. Te amo, no puedo vivir sin ti.

Ella miró hacia arriba con sorpresa, no sabía de dónde podía venir esa voz que conocía. Y de repente, primero hizo un gesto de desconcierto y enseguida otro de terror. Gritó, se dio la vuelta y salió corriendo.

Ramón se dio cuenta y lo entendió, pero no podía dejarla ir, no podía. El solo pensamiento de nunca más rozar su nariz con la de ella le apesadumbraba, le descomponía, le hizo hasta tartamudear, así que tomó la decisión más importante de su vida.

Agarró un árbol entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha y lo arrancó, necesitaba tomar control de su fuerza, tomar conciencia de qué nivel tenía que aplicar. A continuación arrancó la imagen del Ángel Caído del pedestal en que se encontraba en el centro de su plaza. Y finalmente cogió un banco de madera para calibrar distintas fuerzas y pesos.

Se dio cuenta que ahora sí, ahora podía coger a su amada sin riesgo de hacerle daño. Miró hacia abajo, hacia todos los lados, le costó pero al fin consiguió divisar a Berta que estaba bajando a la carrera la Cuesta de Moyano.

Hacía calor pero estaba tranquilo, sereno. Berta estaba en el bolsillo de su camisa, desmallada, descansando. Había atravesado Despeñaperros, había cruzado el Estrecho de Gibraltar y se encontraba a salvo en un oasis del desierto del Sahara. Acababa de llegar, era de noche y el cielo estaba lleno de estrellas.

Su amada estaba con él, ahora solo le quedaba esperar a que su cuerpo volviera a su tamaño normal para poder rozar su nariz con la de ella. 

Y si no... siempre podría comérsela.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019




                                                                                                Abril 2019









martes, 25 de febrero de 2020

El oso Fernandoso. Capitulo 5 y último.




¡Qué sueño tenía! Le esperaba un largo día, el pueblo estaba a veintisiete kilómetros y Jaro, su asno, iba suficientemente cargado de miel como para no cargarle también con su macuto.

Visitaría primero la tienda de herramientas de Don Fructuoso con quién tenía que hablar para ver si necesitaba mangos de madera pulida para las hachas, últimamente le había comentado que la gente del pueblo volvía a solicitarlas ya que las de plástico, que venían de oriente y eran más baratas, no tenían el mismo tacto ni duración. Intentaría conseguir un pedido para mitigar la bajada de producción de las abejas. También intentaría venderle unos cuantos tarros de miel, aunque pensaba que todos los tenía vendidos le gustaba distribuir su producción, bueno la de las abejas, en muchos sitios. A continuación iría a la frutería del señor Martillo para colocar otros tarros de miel y la mitad de la jalea real que llevaba. Todo eso le llevaría varias horas pues en el pueblo los negocios se hacían sin prisas.

Y ya, finalmente y antes de cenar, se acercaría a casa de Violeta. Le llevaba no solo un bonito ramo de flores de su pradera, sino también un bote de miel de la colmena que estaba más apartada y por tanto más cerca del bosque, tenía siempre un extraordinario sabor a zarzamoras. Estaba deseando verla, quizás le invitaría a cenar, pero claro, no podía preverlo, si fuera así sería la perfecta culminación de un duro día.

Cerró las contraventanas, recogió todas las herramientas y las llevó al establo guardándolas ordenadamente en su sitio y ,al salir, dejó abierta la puerta para que al anochecer la vaquita Fernanda pudiera guarecerse.

A continuación cogió el dinero y un bocadillo que se había hecho para el camino, el ramo de flores, la miel y la jalea y colocó todo como pudo en las alforjas de Jaro. Comprobó que no se dejaba nada importante, cogió el macuto y la escopeta y después de cerrar bien la puerta emprendió camino.


Cuatro días de conversación y negocios en el pueblo le esperaban y también, claro, Violeta y sus ojos.

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Fernanda estaba pastando plácidamente, esa mañana vio abierta la puerta del establo y se acordó de que Fernando se había tenido que ir al pueblo por unos pocos días como todos los meses. Para ella era incómodo porque para cuándo volvía tenía las ubres a estallar de tanta leche sin ordeñar en más de cuarenta y ocho horas. Pero bueno, sabía que tenía que ser así.

Hacía un soleado día y pensaba pasar toda la mañana en el prado pastando y bebiendo.

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A Kruon se le removieron las tripas y comenzó a generar saliva como si de agua se tratara, en aquellos momentos solo su instinto le guiaba y su instinto decía que o matar y comer o morir. Se acercó todo lo sigilosamente que pudo a la valla sin dejar de mirar a la vaca, que seguía comiendo sin levantar la cabeza del suelo para nada. La cerca era su gran obstáculo, en otras condiciones, tan solo un par de decenas de días antes, la habría asaltado a la carrera sin absolutamente ningún problema. Ahora era imposible. Miró hacia un lado y hacia el otro. Se fijó en que el río atravesaba la cerca por debajo. Si se metía en el agua y sumergía la cabeza durante uno o dos segundos, podría pasar al otro lado. Con un gran esfuerzo se acercó al agua, aquello no le traía buenos recuerdos, notó que estaba muy fría, primero en sus patas y cuando se acercó al vallado también lo notó en la barriga y en su cuerpo entero ya que introdujo la cabeza pero enseguida la volvió a sacar, ya estaba al otro lado. Al salir del agua resbaló en unas piedras y tuvo que chapotear para no caerse, con el consiguiente ruido.

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Fernanda oyó un ruido en el agua e incorporó la cabeza, el sonido venía de atrás a su izquierda. Tuvo que mover su pesado y poco ágil cuerpo para poder ver de dónde venía el ruido y lo que vio fue un animal de color amarillento anaranjado con rayas negras, muy delgado y con las fauces abiertas enseñando un par de grandes colmillos. Su aspecto era fiero, sus ojos rojos y se movía con dificultad pero sin pausa hacia ella, sin apartar su mirada roja, para nada.

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Fernandoso estaba disfrutando de unas fresas muy rojas y muy maduras antes de comenzar paseo de vigilancia que había decidido hacer todos los días a raíz del descubrimiento de su probable enemigo. Estaba muy cerca del río, a su salida hacia el valle. ¿Ese sonido? Es como unas campanillas, no, era un sonido menos agudo, un badajo, y sonaba rápido, con urgencia. Venía del valle, de por la casa de Fernando.

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La vaquita salió corriendo, bueno, las vaquitas gordas como Fernanda no pueden ir muy deprisa, aunque lo intenten, sus movimientos suelen ser torpes, las grandes ubres tienen algo que ver.

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Kruon, tenía frío, el chapuzón había dejado completamente mojada su antes bonita piel. Vio como la vaca había detectado su presencia y huía torpemente, no iba muy deprisa, pero aún así iba a llegar al establo antes de que la pudiera alcanzar.

Fernanda se escondió en la cuadra, donde la ordeñaban, estaba muerta de miedo. Antes de entrar había visto como el fiero animal iba a por ella, le costaba andar, a veces tropezaba y las patas delanteras tenían que arrastrar el cuerpo durante unos momentos hasta que lograba estabilizarse. Ese animal no estaba bien, pero sus colmillos y su boca daban mucho miedo.

Fernando había corrido, mucho, ya se encontraba en el río, donde el agua se abría al valle, y lo vio. Vio como el tigre se encaminaba hacia el establo en el que se oían los mugidos alarmados de Fernanda, eran mugidos de pavor.

Kruon estaba agotado pero aún tenía las fuerzas que le salían del hambre, de la determinación de vivir. Consiguió llegar a la puerta del establo, los mugidos salían del fondo, ya quedaba poco, tan solo unos metros, abrió las fauces, sacó los colmillos e inició la carrera, cuando llegó a la puerta de la cuadra la vio, sacó las garras y elevó las patas delanteras para dar el salto final.

En ese momento Kruon perdió el conocimiento, después de notar un abrazo que lo atrapaba por detrás.

Fernandoso había llegado a tiempo, había corrido mucho, a cuatro patas los osos pueden ser muy veloces, y cuando entró en el establo y vio la situación pegó un enorme salto abrazando con todas sus fuerzas al tigre antes de que pudiera tan solo tocar a su aterrada víctima. El tigre, escuálido y con la piel llena de enormes calvas, cayó al suelo sin consciencia.
 
Taor estaba enseñando a los tigres más jóvenes, les enseñaba sus garras con movimientos amenazadores tan cercanos a sus caras que, aún intentando no dejar de someterse, de puro miedo y por instinto de supervivencia desenfundaban finalmente las suyas acercándolas a Taor en tímidas respuestas a sus fingidas agresiones. Eran unos cachorros aún.


Kruon estaba muy cansado, muy débil, no podía siquiera abrir los ojos y en su febril estado soñaba con los días de felicidad en la meseta, junto a la manada. ¿Podría algún día volver? Posiblemente muy pronto moriría.



FIN



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019

viernes, 31 de enero de 2020

El oso Fernandoso. Capítulo 4.





Fernandoso se despertó tarde, sus ardillas guardianas, las que siempre le avisaban si algún peligro acechaba su cueva, corrían divertidas entre los rayos del sol por entre los troncos de los abetos cercanos, hacía un día precioso. Eran sus amigas, un día le habían salvado de un gran peligro al avisarle que había entrado en su cueva una víbora.

Al ver un día tan bonito decidió ir a bañarse a la gran charca y a ducharse en las aguas de su cascada. Estaba en los límites del bosque adyacentes al valle, como a media hora de la casa de Fernando.

Por el camino disfrutó de alguna zarzamora, pues era época, pero según se acercaba a su destino su olfato detectó algo especial, era un animal con la piel húmeda, pero no sabía distinguirlo. Se acercó a dos grandes troncos caídos en el suelo, posiblemente a causa de una tormenta de viento, entre ellos había tantos arbustos y tan poblados que no se podía distinguir el suelo. En el bosque no había grandes animales peligrosos, o eran pequeños como las víboras o algunas arañas venenosas o venían del cielo, como buitres o águilas, así que no sentía miedo, sino más bien curiosidad. Se asombró de que al acercarse más y más, ese animalillo no saliera huyendo. Su olfato le llevaba a la zona de los arbustos, muy cerca de un acebo lleno de bayas rojas. Se acercó y se puso de patas como si fuera a coger sus bayas, mirando disimuladamente hacia abajo. Lo vio, todo menos la cara, piel de pelo corto y color dorado con gruesas rayas de color marrón muy oscuro. Debía estar enfermo pues no sé movía absolutamente nada. Solo había un animal que se ajustaba a esa fisonomía, un tigre, había visto una manada a lo lejos una vez que se perdió y apareció en la meseta, en la árida meseta y al verlos se dio enseguida la vuelta hacia un bosque de encinas cercano ya que eran muchos y parecían peligrosos. Volvió a bajar disimuladamente la vista y sí, se trataba de un tigre que debía estar enfermo. Además de enfermo debía estar muy asustado, así que decidió no hacer nada y marchar hacia la charca para darse su refrescante ducha.


Durante el paseo de vuelta a su cueva estuvo pensando en su descubrimiento y decidió que tendría que estar vigilante pues los tigres eran animales fieros y peligrosos no solo para él sino para los animales del bosque e incluso para Fernando y la vaquita Fernanda.

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Fernando estaba preocupado porque la producción de las abejas había bajado considerablemente durante el último mes. Pronto tendría que bajar al pueblo a vender la miel y estaba convencido de que le iban a dar bastante menos dinero y como ese dinero lo utilizaba para comprar víveres para el siguiente mes, pues no podría comprar las cantidades habituales, sino menos. ¿Pasaría hambre? Bueno siempre podría contar con la leche de la vaquita Fernanda para suplir alguna deficiencia de comida. Los que sí eran imprescindibles eran los artículos de limpieza y de aseo, porque las herramientas podrían esperar al mes siguiente.

Tendría que preparar ropa y dinero para los tres o cuatro días que pasaría en el pueblo vendiendo y comprando. Y no solo eso, Violeta le tenía loco, cada vez veía sus ojos más verdes y más grandes y qué decir de su pelo, y de su sonrisa y de… bueno no podía decir nada de su olor porque nunca había estado suficientemente cerca de ella. En fin, estaba enamorado y lo sabía.

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Kruon miró hacia la derecha, todo se veía bastante oscuro igual que a su izquierda, se dio la vuelta y vio el mismo panorama, solamente al frente se veían destellos de luz, así que con paso lento y cansino se dirigió hacia allí. Llevaría recorridos unos ochenta árboles cuando primero oyó, y se quedó quieto, y luego vio una cosa blanca que se movía a pequeños saltos, siguió quieto, orejas largas, era un conejo. Su corazón se llenó de emoción y comenzó a latir mucho más rápido. Sus patas delanteras temblaron, las traseras le impulsarían lejos estirando su cuerpo entero hasta que sus garras delanteras, en un movimiento rápido y preciso, alcanzarían la posición que el conejo tuviera en ese momento y caza finalizada. Pero eso, que hubiera sido así en cualquier circunstancia vivida anteriormente, se convirtió en un planchazo sobre el suelo, muy lejos del conejo, que se alarmó y salió corriendo hasta que Kruon le perdió de vista.


No tenía fuerza, tantos días de ayuno.

Así que decidió comer bayas, como había visto hacer al oso. Pronto vio un arbusto en el que había unas bolitas redondas de color azul, estaban muy altas así que intentó ponerse a dos patas, pero claro, no se sostenía y no podía cogerlas ya que no tenía manos con largos dedos como los humanos, así que tras varias intentonas en las que cayeron tres bolitas al suelo, tuvo que desistir. Pero las probó, eran frescas y jugosas por dentro, aunque más ácidas que dulces. Las comió con mucho asco, era como si su estómago las rechazara.

Continuó su camino hacia la luz. Vio varios conejos pero sus intentos, todos, fueron frustrados por su falta de fuerza para realizar rápidos saltos y salir corriendo hacia su presa.

Estaba muy desanimado y su caminar era lento, buscando los caminos para no tener que saltar entre los arbustos, pero con miedo porque allí era más visible para el oso que vivía allí y del que temía un posible ataque. Vio un abeto con un grueso tronco y justo al lado un arbusto lleno de bayas rojas, se acercó, se puso a dos patas apoyando las delanteras en el tronco y alargó el cuello, podía llegar a una gran cantidad de bayas, estás estaban más amargas y ácidas pero tenía que alimentarse y comió, muchas, gran cantidad de ellas, entre arcadas. Una vez se hartó, consideró que no podía comer más y siguió su camino hacia la luz.

Antes de llegar la noche sucedió lo que no esperaba y que le dejaría aún más hundido.

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Fernandoso no podía dejar de pensar en su encuentro del día anterior. Un tigre era un animal carnívoro y peligroso y quedarse sin hacer nada no era la mejor solución. Pero ¿Era mejor volver y enfrentarse a él? porque estaba seguro que en cuanto lo descubriera le atacaría, por muy mal que se encontrara, era su instinto, el de todos los animales, en situaciones desesperadas luchar hasta vencer o morir. Por otro lado estaban sus ardillas y la vaquita Fernanda e incluso Fernando, si le pillaba desprevenido le podía atacar. Estaba inmerso en un gran desasosiego, no podía dejar de pensar en ello y a cada momento con más angustia.


Decidió dejar pasar unos días y volver con mucho sigilo. Sí el tigre seguía encontrándose mal y no se sentía atacado, ni descubierto, no le atacaría y si se encontraba mejor ya vería lo que hacía, salir huyendo quizás no fuera lo mejor porque un animal como ese, criado en las grandes llanuras de la meseta, correría más rápido que él. Aunque en el bosque, entre los árboles ya no estaba tan claro que fuera más rápido, en cualquier caso no le haría frente a no ser que no le quedará más remedio.

Se encontraba preocupado y en un mar de dudas

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Eso es lo que era, un triste tigre escuálido y hambriento vomitando a cada metro en medio de un bosque, o sea, una piltrafa a merced de cualquier percance. Las bayas con que se alimentó no fueron una solución, más bien un problema.

Tuvo que parar al amparo y en medio de un pequeño bosque de acebos dentro del gran bosque. No podía más, no tenía fuerzas. Allí quedó desfallecido y además con una gran sed, necesitaba comer y beber, no sabía cuál de las dos cosas necesitaba más. Había ya mucha luz, por lo que pensaba que debía estar ya muy cerca del límite del bosque, en cuanto saliera de él ya estaría más cercano a las condiciones de su hábitat natural. Estaba anocheciendo, esperaría a la luz de la mañana para intentar salir del bosque cuanto antes.

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Allí estaban los dos grandes troncos caídos. A Fernandoso comenzó  a latirle intensamente el corazón, no veía el peligro pero lo intuía, se acercó al lugar donde estaba el tigre, despacio, no era capaz de disimular sus pisadas, pesaba demasiado, mirando, eso sí, a diferencia de la otra vez, continuamente hacia abajo, esperando cualquier ruido o movimiento para ponerse a correr, saltar como un resorte, estaba en un estado mental y físico de alerta total.

Pero... ya no estaba, se había ido.

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Le dolía todo. Una gran sensación de vacío en la barriga y la boca seca y pastosa. Caminaba, casi se arrastraba, las patas delanteras  tiraban de su cuerpo mientras las traseras eran como lastre. Iba siguiendo la claridad. Todo era muy costoso. Necesitaba una presa, calmaría su hambre y su sed.

Fue como el sol en el amanecer, una gran mancha de luz que cegó sus ojos y le arrastró hipnóticamente hacia ella de tal forma que ya no sentía dolor ni mareo.

Era como el cielo, una inmensa pradera partida por un río y a la izquierda una valla y dentro… dentro… una mancha negra y blanca… que se... ¡movía! Era una ¿vaca?



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019












domingo, 1 de diciembre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 3.





Con las primeras luces del día miró a su alrededor dándose cuenta de que no sabía cuándo iba a volver, es más, ni siquiera sabía si volvería, iba de exploración, había muchas montañas y muchos picos que recorrer y si encontraba otro lugar en el que vivir con menos problemas, se quedaría.

Comenzó su recorrido en sentido contrario al que hubiera tomado para ir a la meseta, pretendía dejarla lo más lejos posible. Las zonas altas, las cumbres, eran todas muy parecidas, unas con más roca, llamadas riscos, y otras con menos, pero todas tenían algo en común, escasa y pobre vegetación, ratones, culebras y poco más. En algunos riscos grandes había grietas algo profundas donde establecían sus nidos los buitres, que sabía que eran fuertes y peligrosos, alguna vez los había visto cazar en la meseta, eran capaces de levantar en  vuelo pequeñas gacelas, además había visto sus fuertes y afiladas garras y sus puntiagudos y desgarradores picos. Nada, imposible atreverse ni con ellos ni con sus crías, eran muy vengativos.

El primer día subió y bajó diez montañas sin encontrar ninguna víctima. El segundo día, incrédulo, volvió por sus pasos y de nuevo subió y bajó las diez montañas del primer día. El tercer día hizo el mismo recorrido que el primero y sí, encontró algo, un puerco espín que nada más verle se hizo una bola adoptando su postura defensiva. Durante el cuarto día encontró un pequeño río, entre la cuarta y la quinta montaña, que transcurría con gran fuerza. Allí se quedó aunque tenía previsto subir y bajar dos más.

Pensó que en ese río podía haber peces, no le gustaban mucho, pero cazar alguno podía calmar sus ansias. Quizás también podría encontrar alguna rata de agua o un castor o un mapache. Hacía frío y el agua estaba helada, a los felinos no les suele gustar mucho zambullirse pero Kruon era atípico y no solo no le importaba sino que le gustaba. Desde la orilla veía grandes peces moviéndose por las transparentes aguas. El fondo del río estaba cubierto por grandes lanchas de piedra y muchos y multicolores cantos rodados. Se metió sigilosamente en el agua pero aún así los peces, truchas debían ser, pensó, desaparecieron instantáneamente. Decidió quedarse quieto con las patas en el agua para ver si los peces se confiaban y comenzaban a salir de nuevo. Debió pasar mucho tiempo pues le comenzaban a doler las extremidades, y de repente apareció lo que estaba casi seguro que era una trucha, muy grande, esperó que pasara por delante de él y se lanzó a por ella sacando sus garras y juntando sus patas traseras para el salto. Llegó a tocarla pero el pez se le escurrió dejando a Kruon completamente sumergido en el agua, cuando logró sacar la cabeza vio como la trucha se había dado la vuelta y le miraba mofándose de él, o al menos era lo que interpretó en aquellos momentos. Lleno de rabia saltó de nuevo sobre el pez que se le escapaba continuamente en cada salto y en cada zarpazo. Le persiguió por el río sin parar, durante decenas y decenas de metros, saltando de piedra en piedra y sorteando troncos caídos. Iba con la mirada fija en la trucha, encelado, sin darse de cuenta de nada más, cuando de repente vio como su presa saltaba al vacío. Alzó la vista y solo veía cielo. Muy asustado intentó frenar pero, entre el fuerte impulso que llevaba y que se encontraba sobre una grande y resbaladiza lancha de piedra, no pudo parar y cayó al vacío varios metros que a él le parecieron decenas, notó una sensación de vacío en el estómago y finalmente se golpeó contra unas grandes raíces de madera que se extendían sobre una gran charca de aguas muy verdes. Se hizo mucho daño, estaba muy asustado y le dolía mucho el lomo, aunque podía haber sido mucho peor.

Allí se quedó, varias horas, inmóvil, sobre las raíces, sin moverse, estaba cansado y había pasado mucho miedo. Primero se levantó sobre sus patas delanteras y no sintió gran dolor al estirarlas, luego hizo lo mismo sobre las traseras, eso sí que dolió,  y con esfuerzo caminó lo suficiente para apartarse del agua y encontrar un sitio seco y resguardado del viento. Allí pasó la noche.

Por la mañana le despertaron los dolores y al intentar estirarse sintió un fuerte dolor en el lomo y también, aunque menor, en las patas, sobre todo en las traseras. No podía continuar así su viaje, así que decidió quedarse donde estaba, en su imprevista guarida, detrás de unos troncos caídos entre los que había muchos matorrales.

Todos los días, recién despertado intentaba estirar sus miembros para comprobar el nivel del dolor y la posibilidad de caminar. Cada día mejoraba algo, o al menos eso era lo que le parecía, pero cada día también notaba más debilidad , porque llevaba mucho tiempo sin cazar y por lo tanto sin comer. Un día probó unas hormigas que pasaron cerca de su boca, le bastó estirar la lengua, pero lo único que pasó es que le provocaron arcadas.

Una mañana, oyó unos ruidos cerca que le pusieron alerta y a la defensiva, no movió ni los párpados para no hacer ruido. Podía ser una presa y podría intentar capturarla y así saciar su hambre. Se acercaba. Por el ruido y la cadencia de sus pisadas tenía que ser grande y pesado, eso le desanimó, no estaba en condiciones de enfrentarse a algo así. De repente pudo divisar entre las ramas cómo un animal grande se ponía a dos patas buscando algo en la parte superior de un arbusto cercano. Intentó levantar un poco la cabeza para poder ver algo más. Efectivamente, era grande y peludo, debía tratarse de un oso, un animal que no había en la meseta. Una vez estando con la manada vieron uno cerca del valle, pero después de observarlo bien Taor decidió que se dieran la vuelta, por lo que pensó que debía tratarse de un animal peligroso, como los lobos.

El oso estuvo un buen rato allí, cogiendo lo que fuera que estaba buscando, y se fue como vino, sin ningún sigilo. Kruon no movió ni un pelo, se mantuvo tan quieto que al verse libre de lo que consideraba una amenaza se relajó y se dio cuenta que tenía todo el cuerpo entumecido. Se percató de que partir de entonces debía mantenerse vigilante.

Después de transcurridos varios días notó que bajaron tanto los dolores que ya le permitían reanudar su camino. Con mucho esfuerzo subió a la rama de un árbol para probar su estado de forma y constató que sí, ya podía seguir su camino, pero con mucho cuidado porque se sentía enormemente débil. ¡Ahora tendría que alimentarse!


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019





martes, 5 de noviembre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 2.





Kruon durmió aquella noche allí mismo, en la orilla, muy cerca del agua, escuchando los aullidos de los lobos y los rugidos de los leones. Estaba solo, no resistiría el ataque de cualquiera de las dos manadas por lo que tendría que mantenerse alejado de ellos.

Caminó sin rumbo varios días hasta que llegó a un lugar en el que pensó que se podría quedar a vivir, pues se sentía a salvo. Era la cumbre de una de las montañas que rodeaban el hermoso y verde valle, el pico Tormentoso. Era un lugar rocoso, seco e inhóspito donde solo crecían hierbas, pequeños arbustos y líquenes. Pero había conejos, ratoncillos y culebras con las que poder alimentarse en caso de necesidad, además siempre había agua, pues había neveros perennes.

A las pocas semanas su espíritu sanguinario le mordía interiormente, una comezón interior que le iba devorando sin pausa el corazón, estaba inquieto, rabioso. Tenía que salir a probar de nuevo el olor de la sangre.

Desgraciadamente para sus habitantes, llegó a hacerse famoso en el valle. Durante sus bajadas esquilmaba los rebaños de ovejas y cabras dejando decenas de ellas muertas tras su paso. La gente de los pueblos adquiría grandes perros pastores para cuidar los rebaños, pero Kruon acababa también con ellos, solo le ayudaban a saciar aún más su crueldad.

La gente en el valle estaba muy preocupada y asustada y realizaron batidas en busca del tigre, pero nunca conseguían dar con él, su guarida se encontraba en un sitio muy poco accesible e inesperado.

Así que con el tiempo se dieron cuenta que su única defensa consistía en construir enormes establos donde dejar los rebaños por la noche y estar permanentemente vigilando durante el día,  a su lado, armados con escopetas cargadas y preparadas para disparar.

De esta forma las batidas de Kruon por el valle comenzaron  complicarse mucho, no conseguía víctimas fácilmente y además alguna vez le pasó una bala demasiado cerca.

Kruon se fue haciendo cada vez más astuto pero también aún más amargado y cruel. Sus salidas eran cada vez más frecuentes y arriesgadas, sus víctimas cada vez eran menos y por lo tanto su nivel de ansiedad hacía que a veces le pareciera que iba a explotar. Tenía que hacer algo, ¿pero qué? A la meseta no podía bajar pues le esperaba la muerte o atacado por Taor y su manada o por los ataques de leones y lobos. Se dio cuenta que su única salida era cambiar de guarida, explorar la cadena montañosa que rodeaba al valle y de la cual el pico Tormentoso formaba parte. Decidió que eso sería lo que haría, sin perder tiempo, a la mañana siguiente.




© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019




viernes, 25 de octubre de 2019

El oso Fernandoso. Capítulo 1.




Erase una vez un ancho y verde valle encajado entre altas montañas por el que transcurría un río de aguas transparentes, lleno de truchas y de cangrejos y bordeado por verdes praderas adornadas con flores rojas, blancas y amarillas.

En el fondo del valle, abrazado por un bosque de abetos, había un rancho por el que pasaba el río y en el que había una bonita casa rodeada por una cuidada y protectora cerca de madera y cuyas ventanas, todas, estaban adornadas con visillos blancos y rojos, y con una chimenea que siempre expulsaba un humo ligero y blanco. La casita  estaba construida con troncos de madera, lo mismo que el establo anexo donde dormía la vaquita más feliz de este cuento y que se llamaba Fernanda.


El dueño del rancho, de la casa y también de  la vaquita se llamaba Fernando y era un joven pelirrojo y alegre que vivía de la miel de las diez colmenas, repletitas de abejas, que había en el rancho y que cuidaba con todo su cariño.

A Fernando le gustaba mucho pasear por el bosque. Coleccionaba hojas, que metía entre las páginas de los libros, y cogía frutas silvestres y setas. Mientras tanto, Fernanda mugía toda contenta por el prado esperando la vuelta de su dueño.

En el bosque también vivía un oso de color pardo muy grande, fuerte y bonachón que se llamaba Fernandoso y al que no le importaba compartir las bayas y frutos silvestres con Fernando.

Fernandoso disfrutaba escondido observando a Fernando en sus recorridos por el bosque. No sé atrevía a dejarse ver, era prudente y algo tímido. Temía a los seres humanos, su instinto se lo marcaba, pero no era solamente eso, pensaba que si aparecía podía asustar a ese humano joven de pelo rojizo que con tanto respeto paseaba entre los abetos y los arbustos.

A veces se acercaba a los límites del bosque, sin llegar nunca a  penetrar en el valle, siguiendo su curiosidad y chapoteando por el río para no dejar huellas, y observaba la casa y cómo la vaquita Fernanda no paraba de comer, sin levantar sus morros del suelo durante momentos muy largos.

Este hermoso valle tenía muchas decenas de kilómetros de largo y  acababa en una amarilla meseta que acompañaba al río antes de llegar al mar. Allí vivían manadas de animales de muchos tipos: conejos, corderos, cebras, caballos, gacelas, camellos, lobos, leones y tigres entre otros muchos.

La vida en la meseta a veces era cruel pues no todos los animales comen hierba, hojas o bayas para sobrevivir. Hay animales, que se llaman carnívoros, que necesitan alimentarse con la carne de otros animales a los que tienen que cazar. Un ejemplo son los tigres.

En la meseta vivía una manada de tigres que cazaban cebras, gacelas y corderos. Solo para alimentarse, era una ley que cumplían todos los miembros de la manada. Cuando tenían hambre se juntaban las cazadoras y los cazadores y salían en busca de una pieza para alimentar a la manada.

Todos salvo el sanguinario Kruon, que estrangulaba tantas gacelas como podía solo por mero entretenimiento. Kruon era un tigre joven que fue regañado y castigado múltiples veces por Taor, el jefe de la manada, antes de ser expulsado por cruel y reincidente. Taor se lo dejó muy claro.

-     No vuelvas Kruon, ni te acerques a menos de un kilómetro de cualquier miembro de la manada, porque si lo incumples iré a buscarte con todos los cazadores y cazadoras y acabaremos contigo sin piedad.”

La respuesta de Kruon fue abrir las fauces enseñando sus grandes colmillos y rugir desafiante a Taor, pero no se atrevió a más, se dio la vuelta, bajó la cabeza y se alejó, despacio pero sin parar. Anduvo muchos kilómetros, se hizo de noche y llegó a un ancho río en el que bebió y se bañó para aplacar su rabia.


© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019



2017, un día de verano.




Hace un buen día de verano, estamos en Julio pero el sol no abrasa nuestra piel, ni ciega nuestros ojos, ni aplasta nuestra actividad vital hacia una oscura cueva. Todo eso ya sucedió en Junio. Está siendo un año extraño, aunque, ahora que me fijo, todos lo son, todos son distintos y en algún momento sucede algo climatológicamente exagerado. Además, los medios de comunicación lo exageran más,  tienen que rellenar papel o minutos y lo hacen de la forma más sencilla para ellos, la más vaga, sin sentarse un tiempo a pensar, a meditar o a investigar, haciendo el menor esfuerzo físico y mental. Si hace calor (mucho calor) en Junio, pues se dedican a gastar muchos minutos en ello. Entrevistas, reportajes actuales e históricos, debates con participación de pseudo-expertos, exposición de toda clase de criterios que apuntan a la teoría del Calentamiento Global, etc... Con la cantidad de cosas que hay sobre las que informar, que denunciar... En fin...

Pero mi climatología particular, la íntima, anda en estado de vigilia, de guerra, de resistencia. Luchando contra las ondulaciones bajas de la sinusoidal de la vida, en estado de «aguantar», sin saber lo que va a pasar mañana pero sabiendo que existe una probabilidad alta de que no sea bueno, de que sea irreversiblemente malo, o no. 

El único consuelo es la tranquilidad de ánimo y de conciencia. De que estás intentándolo, haciendo lo que puedes, esforzándote física, mental y emotivamente.

Ya no sé si deseo que llegue mañana o no, aunque da igual, porque llegará.  Pero expresa mi  estado de ánimo. Por otro lado creo que en el fondo, aunque intente animarme, no tengo esperanza de que suceda algo positivo,  aunque lo deseo fervientemente. En fin, todo esto es muy complicado y por tanto confuso.





© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2017

La entrada




Mira, allí está, ¿la ves? la entrada por la que volvíamos mi hermano y yo a casa, llevábamos más de treinta cabras. Estábamos cansados de todo el día caminando al sol o al frío. Y también hambrientos, pero era verla y ya estábamos bien. Pasábamos por debajo de ese gran arco de piedra, no sé si alcanzas a verlo, los del pueblo lo llamaban "la arcada", desde aquí no se ve bien, pero es de piedra gris, muy rara por aquí, según dicen la construyeron los romanos. Pronto llegaríamos a casa donde nos esperaba comida y descanso. Y lo más importante, nuestra madre. Ya ves, ahora pienso que éramos felices. ¡Mira!, ahí a la izquierda, ¿ves un grupo de construcciones de adobe? Pues detrás de ellas está mi casa. Desde la arcada no se tarda nada. Mañana te la enseñaré.

El sol aún no era visible, pero un enorme resplandor entraba e iluminaba el valle desde detrás de las lejanas montañas. Enfrente el pueblo. En el centro, el minarete, ahora callado, se mantenía impolutamente blanco, como si no hubiera pasado nada. Se veía una gran humareda por el flanco derecho, que formaba una espesa nube negra que el viento alejaba dejando todo el cielo manchado. Por allí estaban la escuela y la herrería, Allí era donde se habían hecho fuertes los derrotados. Se oía el graznar de unos cuervos y nada más.

Espero que no quede ninguno. Que los que hayan podido se hayan ido y los que queden, o estén muertos o no puedan combatir.  Ya verás, como esa inmensa y fétida nube negra nos quemará las gargantas pronto. Entraremos por donde sale la humareda, no te quepa duda. Qué silencio, ¿quedará alguien? Noto frío, hace unas horas era más intenso, ahora esta pócima me calienta las manos y las tripas. Pero tranquilo, que dentro de muy poco podremos dormir, aunque muy probablemente la tensión no lo permita, pero cerraré los ojos y nuestros cuerpos descansarán, ya verás como sí. Seguro que el sargento nos dice que está vacío, que no queda nadie. Ojala. Si es verdad todo irá bien, y si no, un día más. No hay que pensar en nada solo ir decididamente y entrar, con el fusil por delante, el dedo en el gatillo y mirando hacia todos los lados. Está noche he oído muchos gritos, terribles, de mucha gente, a pesar del ruido de las explosiones, ¿tu no? Luego han cesado las explosiones y el eco de las voces, de los gritos, se mezclaba con ruido de camiones. ¿Crees que habrá quedado alguno?

Adar sentía miedo, la conversación con su compañero era pura evasión, había que intentar no quedarse solo, nunca, podía ser la puerta de entrada a la depresión. La incertidumbre siempre hacía derivar los pensamientos hacia el porvenir más oscuro imaginable.  Y sentía esa incertidumbre que siempre había estado ligada a la historia de su pueblo, en todo momento dominado por otros, siempre viviendo en la inestabilidad. Su familia vivía allí desde tiempos remotos, nunca fue fácil para ellos, primero los turcos, los ingleses echaron a los turcos, después llegaron los franceses y finalmente los chiíes del sur, que llamaron a su nueva nación Siria. Tenía familia al norte, en Turquía, y aunque no los conocía sabía de su existencia por su padre que una vez le había enseñado una fotografía de sus dos hermanos rodeados de sus familias. En fin. Lo había conseguido, estaba allí y tenía esperanza de que una vez llegara a su casa conseguiría alguna pista para poder encontrar a su madre y sus hermanos. Un negro pensamiento pasó por su mente, lo desechó rápidamente. Estado Islámico había llegado al pueblo hacía más de siete meses y la única esperanza de que su familia estuviera bien es que hubieran huido rápido. En cuanto se enteró se unió a la milicia. No fue fácil.

¡Ejder! ¡Corre! ¡Ven! -Una columna de carros con la bandera de Estados Unidos se acercaba hacia la base de la columna de humo.- ¿Los ves? Si ellos llegan antes y toman el pueblo será más fácil para nosotros. 

Pronto sonaron disparos y algunos gritos, luego el silencio solo alterado por voces en un idioma extraño, el resto del día nada. Podía esperar a que su unidad avanzara hacia el pueblo o acercarse él solo por su cuenta. Sentía ansiedad por llegar a casa, por entrar al pueblo. Los americanos ya estaban allí, seguro que lo habían tomado y acabado con toda resistencia, no debería haber ningún peligro. El día pasó lento pero tranquilo, su unidad no se movió de donde estaba, pero no consiguió dormir.

Ejder, me voy, no espero más. Voy a entrar por la arcada, de allí a mi casa no hay más de doscientos metros. Sí, sé que piensas que es peligroso, pero no, me identifica mi guerrera kurda. Voy a ir desarmado, de nada me va a servir el fusil contra nuestros aliados. Me voy, te espero allí.

Al sol solo le quedaban cinco centímetros por encima del horizonte, el rojo dorado predominaba abajo, en la tierra, arriba el cielo era azul oscuro con deshilachados girones negros y rojos. Adar avanzaba a ritmo lento pero con largas zancadas hacia la entrada, con los brazos extendidos, en cruz, las manos completamente abiertas, enseñando las palmas. A pesar de la poca luz del anochecer, aún se divisaba la arcada. Unas voces gritaban desde lo alto de una casa a la derecha. No entendía que querían decirle. Aminoró su marcha y les gritó "Soy Adar, soy kurdo y solo quiero ir a la casa de mis padres". Las voces cada vez gritaban más. Adar sonrió y volvió a gritarles lo mismo. Estaba debajo del arco de entrada a su pueblo. De repente oyó un silbido de bala. 

Abrió los ojos y con esfuerzo comprendió que eso que veía era la oscuridad del cielo estrellado. Y había algo más, era como un puente curvo de piedras grises que atravesaba el cielo de lado a lado. 

Y allí, en la entrada, bajo la arcada, chilló. Pero no de dolor, sino de desesperación.



© Copyright de los textos, Alvaro Emilio Sánchez Tapia, 2019