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Palacio de Correos en la Plaza de La Cibeles de Madrid |
El chaval va
vestido con un mono integral de invierno de color rojo fuerte. Lleva la capucha
calada hasta el borde, que es de suave piel de conejo. Corre por el Paseo del
Prado de una forma poco estable y precisa, las piernas abiertas avanzando a
base de apoyar lateralmente una de ellas y luego la otra, recuerda algo a un
pingüino.
Su madre le vigila
a lo lejos, es joven y guapa, tiene muy buena figura y es presumida, le gusta
ir bien vestida.
Están muy cerca de
la Plaza de Cibeles, donde trabaja su papá, de hecho han ido a buscarle a la
salida del trabajo, pero como han llegado un poco pronto y es domingo la madre
ha decidido que el chavalín se desfogue un poco corriendo por el paseo entre
esos grandes y viejos árboles que un alcalde de Madrid pretenderá derribar
muchos años más tarde y que serán salvados gracias a unas cadenas y a una
actriz metida a aristócrata alemana.
Algunos coches,
pocos, circulan por la calzada central dejando un fuerte olor a gasolina mal
quemada. De vez en cuando pasa un tranvía cargado hasta los topes chirriando en
su deslizar por las vías.
En la Plaza de la
Cibeles hay un guardia de la circulación subido en una especie de tarima dando
paso y parando a los coches dependiendo del sentido en el que vayan.
El chavalín no
piensa en nada, sólo se entretiene y disfruta practicando con ese cuerpo que
comienza a manejar. Tropieza y se cae dándose un buen golpe y arañándose un
poco las palmas de las manos contra el suelo de arena. Se asusta y se pone a
llorar, pero en cuanto se quiere dar cuenta está en brazos de su madre y ese
conocido olor a carmín y colonia le calma, siente de nuevo seguridad. La madre
le deja otra vez en el suelo con un calido beso en la mejilla.
Ha llegado la hora
y los dos de la mano se dirigen hacia el Palacio de Correos. De una pequeña
puerta enrejada que está a la derecha de la principal sale un hombre alto y
delgado que viste un traje oscuro, el de todos los días. El chavalín se da
cuenta y sale corriendo hacia él, intenta pegar un salto pero todavía no sabe.
El padre le coge por debajo de los hombros y le sube hasta la altura de su cara
dándole un beso.
Poco después los
tres de la mano bajan el Paseo del Prado hacia la Glorieta de Atocha, camino de
casa.
La vida de un niño
pequeño es sencilla, tranquila, básica.
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